El atentado al parecer perpetrado por varios terroristas suicidas en la localidad turística egipcia de Dahab, unos días después de la emisión de un nuevo 'mensaje' de Bin Laden, ha vuelto a recordar a la comunidad internacional que la lucha contra esta lacra será todavía larga y compleja. El recurso al asesinato en masa y la extensión de un terror reivindicado en nombre del islamismo más fundamentalista lleva camino de convertirse en una de las características más penosas y amenazantes del panorama internacional en los comienzos del siglo XXI.
Hace diez días nueve ciudadanos israelíes resultaron muertos en Tel Aviv por el ataque de un suicida de Yihad Islámica. En Irak, en un contexto ciertamente diferente, el río de sangre no parece conocer límites; sólo el lunes, apenas designado el nuevo primer ministro destinado a formar un Gobierno de unidad nacional que incluya a los suníes, explosionaron siete coches bomba. Al margen del terrorismo islamista, una activista suicida de los Tigres tamiles mataba al menos a ocho personas en la capital de Sri Lanka.
Los fanáticos hacen de su causa la justificación para masacrar a seres inocentes y provocar el mayor daño posible. Quienes comían en el modesto restaurante de Tel-Aviv, compraban en el mercado tradicional de Dahab o paseaban por una calle de Bagdad pagaron con su vida o su integridad el tributo exigido por el terrorismo. Discutir sobre el origen remoto o las causas inmediatas de semejante barbarie no puede convertirse en argumento para evitar confrontarse con el terrorismo como un problema en sí mismo. Porque son la cooperación y la presión internacional, unidas a la continua mejora de las medidas de seguridad las que, en última instancia, impiden que la muerte golpee siempre que lo pretenden los terroristas.
Hamás, puede que temeroso de perder aún más posibilidades de recibir ayuda económica en un delicado momento de enfrentamiento con las milicias de Al Fatah, y los Hermanos Musulmanes de Egipto, que ven peligrar unas tímidas reformas que les beneficiaban, han condenado la acción de Dahab por tratarse de «un acto criminal que golpea ciegamente a civiles y que es contrario a la religión». Pero, aun siendo necesario valorar su gesto como positivo, cabe pensar que sólo cuando la cúpula de este tipo de movimientos ve realmente amenazados sus intereses parece aproximarse a la racionalidad. Una racionalidad que se abrirá paso en las citadas comunidades siempre y cuando quienes representan la matriz religiosa o ideológica en la que el terrorismo trata de enraizar se comprometan a erradicar la barbarie de sus creencias y su cultura.