El virus de la gripe aviar pasa por un largo periodo de silencio. De él no se dice ni pío. No habían llegado las lluvias de abril y andábamos empapados de espanto. Que estaban vacunándose los viejos de la gripe común y la muerte de un cisne en un rincón europeo hacía que vibraran las alas del miedo con el salto de la epidemia a la pandemia, a modo de un juego de la oca griposa fatal. ¿Qué se hizo de las fatídicas aves migratorias potenciales portadoras del mal? Parece como si se les hubiera obligado a parar los remos y hubieran sido devueltas a sus lugares de origen, de igual manera que se les da marcha atrás a las bandadas de inmigrantes de las pateras y con obligado vuelo de regreso al punto de partida.
Otros pájaros fueron ocupando las portadas. Los grandes titulares y las noticias alarmantes que trataban del peligro volátil han ido dejándose las plumas por el camino, con las que el ciudadano ya relajado adorna los chistes de tinte macabro en la ruta del chiquiteo. También de aquellos pánicos quedan preguntas en el viento, pues es evidente que una posible desaparición de la raza humana vendría dada en un 0,02% por la gripe aviar y un 99,8% por la telepsicosis. ¿Tal supuesto permitiría después la deseable aparición de vida inteligente en la Tierra? Mejor no esperar esa respuesta y continuar sentados confiadamente sobre la incógnita de millones de dosis de antivirales reservados, por si las moscas.
Además, para mayor tranquilidad, el agente mortífero ha sido desenmascarado y ya se cuenta con el retrato-robot de este virus enemigo público número uno que adora los viajes: se le situó primero en Asia, pasó por Europa con gran revuelo mediático y se le siguieron los pasos hasta África. Su nombre, H5N1, semeja el número de un habitual de centros penitenciarios. Un fotógrafo sueco, Lennart Nilson, de 83 años, virtuoso del retrato antropométrico de lo infinitamente pequeño ha logrado retratarle. Le captó in fraganti, redondo cual una naranja azul, cuando llevaba dos horas en el interior de una célula, dispuesto a multiplicarse hasta provocar la agonía de la saludable y confiada anfitriona. Cualquier parecido con un tipo determinado de huéspedes de traza humana es pura coincidencia virulenta.