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Domingo, 23 de abril de 2006
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CULTURA
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La delación como disciplina literaria
Un libro desvela los archivos del KGB sobre escritores soviéticos, con numerosos casos de chivatazos y venganzas
La delación como disciplina literaria
BORRADO. Yezhov, que denunció a Bábel, fue borrado de las fotografías al caer en desgracia. / DEL LIBRO 'ESCLAVOS DE LA LIBERTAD'
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La propaganda oficial presentaba al país como el paraíso de los artistas y creadores. Pero en el transcurso de la gran purga estalinista de los últimos años treinta y primeros cuarenta, no menos de 2.000 escritores fueron detenidos e interrogados sin las menores garantías legales. Unos 1.500 murieron fusilados o en campos de concentración. Murieron dos veces porque a la desaparición física sucedió una minuciosa labor de supresión de sus libros y la creación de biografías falsas en las que se obviaban méritos literarios, se minimizaban tempranas adhesiones al bolchevismo y se acrecentaban las tendencias contrarrevolucionarias.

La apertura de los archivos del KGB donde se guardaban los documentos relativos a los escritores ha permitido reconstruir uno de los episodios más negros de un siglo que los tuvo por centenares. Vitali Shentalinski ha recuperado en 'Esclavos de la libertad. Los archivos literarios del KGB' (Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores) esos textos que ilustran tanto sobre el terror como sobre la mezquindad de una pandilla de funcionarios grises, un sinnúmero de chivatos y una enorme colección de arribistas que vieron en la desgracia de los demás una oportunidad para medrar. Nada que haya sido infrecuente en la historia de la humanidad, pero especialmente llamativo en el país que aspiraba a crear un 'hombre nuevo'.

Desde el mismo día del triunfo de la Revolución de Octubre, el nuevo Gobierno comenzó a cerrar periódicos y estableció una censura que poco a poco se fue haciendo más evidente. Sin embargo, durante la primera mitad de los años veinte hubo un florecimiento real de las artes en el país. Las vanguardias y muchos de sus mejores representantes se instalaron en Moscú hasta convertir a esta capital en uno de los centros artísticos más importantes del continente.

Lenin había depositado su confianza como comisario del Pueblo de Cultura en Lunatcharsky, un tipo abierto y sensible que supo resistir las presiones del sector más dogmático y artísticamente retrógado del partido durante varios años. Fue la época en que la URSS asombró a la intelectualidad y cuando parecía posible combinar la dictadura del proletariado con la libertad de creación.

Mentira y venganza

Un espejismo. Lenin muere en 1924, Stalin se consolida en el poder por el procedimiento de librarse de todos sus rivales y en 1929 Lunatcharsky no puede más y dimite. Ese mismo año, Zamiatin y Pilniak cometen la grave falta de publicar dos novelas ('Nosotros' y 'El árbol rojo', respectivamente) en el extranjero. Eran dos libros que podían ser interpretados, sin gran dificultad, como críticas al comunismo. Zamiatin escribió a Stalin pidiendo permiso para irse a vivir fuera de la URSS. Fue el último escritor que lo consiguió.

Pilniak tuvo miedo y decidió quedarse. Luego se convirtió a la más pura ortodoxia, pero nadie en la cúpula comunista le creyó. En 1937, en mitad de una oleada brutal de represión, fue detenido. Poco antes había comentado: «No hay en este país ninguna persona adulta, que pueda pensar por sí misma, que no haya meditado en la posibilidad de que lo fusilen...» El 21 de abril de 1938 la posibilidad se convirtió en un hecho. La familia no recibió la noticia hasta 1941.

No era tampoco algo inusual. La familia de Isaak Bábel no conoció su muerte hasta 1954, quince años después de que le hubiesen fusilado. Durante ese tiempo, además, les dieron reiteradamente noticias tranquilizadoras: su salud era buena, estaba en un campo de trabajo pero iba a ser inmediatamente liberado... Mentira tras mentira sobre un escritor incómodo que terminó siendo denunciado por haber tenido una historia de amor tiempo atrás con quien luego sería la esposa del comisario del Pueblo de Interior Yezhov. Cuando éste, después de haber sido un fiel esbirro de Stalin, cayó en desgracia, decidió vengarse de su esposa y del escritor, acusando a ambos de espionaje.

El testimonio no tenía el menor fundamento, pero eso no preocupaba nunca a los responsables de los interrogatorios, que era gentes incultas. Los que torturaron a Bábel con 72 horas ininterrumpidas de preguntas, obligándole a poner su versión por escrito para luego deformarla sin pudor en la transcripción de las actas, ni siquiera habían terminado la Secundaria. Desoían las respuestas para preguntar una y otra vez sobre participaciones en complots y tendencias contrarrevolucionarias.

El autor de 'Caballería roja' y 'Cuentos de Odessa' terminó por atribuirse delitos que nunca había cometido sólo para que le dejaran en paz. Luego, en el 'juicio-farsa' a que fue sometido (apenas 15 minutos ante un tribunal que tenía la sentencia escrita de antemano), declaró que no había nada cierto en su declaración anterior, pero no le sirvió para evitar el fusilamiento.

Bulgákov tuvo más suerte. Hasta le llamó Stalin para conocer de primera mano la razón de sus quejas sobre la persecución a la que estaba siendo sometido. El autor de 'El maestro y Margarita' y 'La guardia blanca' consiguió confundirse con el paisaje pero no eludir otra refinada tortura: la de estar cada día hasta el final de su vida esperando la detención, sufriendo la confiscación periódica de sus originales, vetado por las editoriales, sin medios propios de subsistencia y sin permiso para salir del país... Muerto en vida.

Apreciar la poesía

Shentalinski cuenta cómo la Unión de Escritores se convirtió desde comienzos de los 30 en un nido de delatores. Controlada por los autores de menos talento pero más fieles a Stalin, la organización que debía preocuparse por los escritores era en realidad un ente censor donde la ética era un concepto desconocido. Una prueba: apenas había pasado un mes desde la detención de Bábel cuando la Unión se dirigió a las instancias superiores... para pedir que la dacha del escritor preso se asignase de inmediato a un miembro de la organización.

Tampoco hizo mucho por Ósip Mandelshtam, el autor de un poema satírico contra Stalin. Éste, como había hecho con artistas de otras disciplinas (los compositores Shostakovich y Prokofiev son buenos ejemplos), le sometió a una 'ducha escocesa': primero le perseguía y luego le perdonaba, para más tarde enviarle al terrible campo de concentración de Kolymá, donde murió en 1938. Antes de su desaparición, había comentado con ironía que «en ningún otro sitio se valora tanto la poesía como en Rusia, donde incluso fusilan a la gente por ella».

La investigación de Shentalinski no fue fácil. Sus trabajos comenzaron a finales de los ochenta, con Gorbachov en el poder y en plena 'perestroika'. Pero había demasiadas fuerzas añorantes de épocas pasadas y sufrió continuas dilaciones. Al fin y al cabo, lo que se conservaba no sólo eran las declaraciones de los acusados, sino también las denuncias, que en muchos casos estaban realizadas por colegas. Como el mismo Shentalinski escribe, los escritores soviéticos pueden clasificarse en tres categorías: «Los que golpean las máquinas de escribir, los que se comunican golpeando los muros de sus celdas y los que simplemente golpean con sus delaciones».

De nuevo, nada sorprendente en un país en el que durante décadas uno de los héroes cuya biografía se enaltecía en las escuelas era Pávlik Morózov, quien denunció a su padre por encubrir a 'kulaks' (propietarios de tierras), a sabiendas de que eso supondría su fusilamiento inmediato. El 'hombre nuevo' no entendía de amor filial pero sabía perfectamente lo que significaba el término terror.



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