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Martes, 18 de abril de 2006
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SOCIEDAD
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«Es mi hijo, ha estado en mi vientre»
Dos donantes de óvulos, las madres que los engendraron y dos especialistas analizan las ventajas y complicaciones de la donación de ovocitos como técnica de reproducción asistida
«Es mi hijo, ha estado en mi vientre»
El ginecólogo Roberto Lertxundi asegura que la técnica «no es tan agresiva como la pintan». / EL CORREO
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«Es mi hijo. ¿Cómo no va a serlo? Ha estado en mi vientre durante nueve meses y lo he parido yo. Entiendo que haya mujeres que hayan recibido un óvulo fecundado y luego lo rechacen porque no lo ven como propio. No es mi caso, ni el de mi marido. Deseábamos tanto ser padres que eso es algo que ni nos hemos planteado».

Laura Gutiérrez, vizcaína de Barakaldo, tiene 42 años y ha vivido siempre rodeada de niños. No sólo de las sobrinas que durante años han correteando por su casa, sino también de los muchos chiquillos que ha conocido por su condición de maestra. Le encantaban y le encantan, pero la naturaleza se equivocó y se los negó. No fue el final. La donación de ovocitos, la última técnica de reproducción asistida antes de que una pareja pueda escuchar de su ginecólogo el fatídico 'Lo siento', le permitió un deseo y se lo concedió.

Las cuatro mujeres entrevistadas para este reportaje, dos donantes y dos receptoras de óvulos, han preferido mantener su identidad en el anonimato. Todas ellas aparecen con un nombre ficticio con el fin de que su testimonio sirva para ayudar a otras parejas en situación similar sin que se rompa la intimidad de sus familias.

Destino: España

La profesora de Derecho Civil de la Universidad del País Vasco (UPV) Itziar Alkorta asegura que España está considerada como uno de los destinos preferidos por miles de mujeres que demandan técnicas de reproducción asistida prohibidas en sus lugares de origen. La donación anónima de gametos femeninos, autorizada desde 1988, sigue sin permitirse en países comunitarios como Alemania, Austria, Suiza e Italia y, según dice, se considera «un procedimiento peligroso para la salud de las donantes» en Dinamarca y Suecia.

La ley española de Reproducción Asistida, que está siendo reformada en la actualidad, está considerada como un modelo intermedio entre las normas más liberales y las más restrictivas. «Estamos permitiendo que mujeres de más edad que no han tenido hijos cuando hubieran podido hacerlo de forma natural, y que pueden permitirse pagar por este tratamiento, empleen óvulos de chicas jóvenes a las que se remunera por ceder sus gametos», protesta la profesora de la UPV.

El especialista Roberto Lertxundi, de la Asociación Vasca de Centros de Reproducción Asistida, defiende la técnica porque, dice, «no resulta tan agresiva como a menudo se pinta» ni para las mujeres donantes ni para las receptoras. «Lo que ocurre con las receptoras es que hay que preparar el endometrio, la mucosa que recubre el útero, para que pueda albergar el embrión que le vamos a transferir. Para eso, hay que hormonarlo, pero hacemos una estimulación tan suave que se practica con la mujer consciente, sin necesidad de dormirla. Es casi como una revisión ginecológica», defiende.

Leonor Markaida pasea esta primavera por Durango con los dos gemelos que nacieron el pasado otoño fruto de un programa de fertilización con óvulos donados. «Los míos no valían, eran como huecos y no resultaban consistentes». Conseguir el embarazo que buscaba le costó cinco años. «Psicológicamente, los dos primeros fueron los más duros, luego vino un intento por lograr una inseminación 'in vitro' en un hospital de Osakidetza y, al ver los resultados, optamos ya por la donación de óvulos en una clínica privada».

Larga lista de espera

El proceso ha sido largo, pero, al final, no le ha resultado tan duro como sospechaba. «Mi problema era que yo no ovulaba. Hubo un tiempo en que estaba nerviosa porque pensaba en el tratamiento, en cómo saldría... Pero, por lo demás, no me ha supuesto ningun contratiempo», asegura. «Aunque conozco gente a la que le ha sentado muy mal, con vómitos y mareos».

Las estadísticas apuntan a que más de 300 parejas vascas aguardan cada año una donación de óvulos en su deseo natural e irrefrenable por ser padres. A partir de los 35 años, la fertilidad de la mujer se reduce a un tercio de cuando tenía 25. La capacidad reproductora del hombre también comienza a resentirse entonces. Las causas naturales no son, sin embargo, las únicas complicaciones para las parejas con problemas en la búsqueda de heredero. La larga lista de espera para recibir un gameto femenino en la sanidad pública -que por diferentes razones ha llegado a alcanzar hasta cinco años- lleva a muchas mujeres a ponerse en manos de los especialistas de centros privados.

La clínica Euskalduna de Bilbao ha recibido en sus doce primeros años de experiencia a 425 donantes y ha logrado el embarazo de 340 receptoras con una edad media de casi 40 años, entre 34 y 46. Su porcentaje de éxito alcanza el 55% y se traduce en un 90% de embarazos únicos, un 8% de gemelos y un 2% de trillizos. Los resultados obtenidos, similares a los de otros centros, se deben en buena medida a los criterios de selección de las mujeres que participan en el proceso de donación.

Los ginecólogos las quieren jóvenes, universitarias, con edades comprendidas entre los 20 y los 25 años, sanas y, preferiblemente, con rasgos similares a los de la madre receptora. «Intentamos que las discrepancias entre la madre y la hija sean mínimas y, para ello, intentamos que donante y receptora coincidan en el grupo sanguíneo, el factor Rh, la altura, la corpulencia y el color del pelo y los ojos», explica Lertxundi. Las pruebas se completan con un análisis de sangre para descartar posibles enfermedades transmisibles, fundamentalmente el VIH/sida, la sífilis y la hepatitis, un estudio cromosómico y un reconocimiento ginecológico.

La donación se realiza en quirófano, bajo anestesia, en una intervención que viene a durar unas cuatro horas y que se practica tras un proceso de estimulación del ovario desarrollado en las dos semanas anteriores. «Se trata de obtener más de una célula, porque si utilizáramos el óvulo único que se produce con la ovulación natural, lo más lógico es que se perdiera».

Experiencia gratificante

Esther y Naiara tienen 23 y 24 años, respectivamente, y las dos han donado recientemente sus óvulos. Como establecen las normas, ignoran quienes han sido las receptoras de su material genético. Eso, en cualquier caso, es algo que no les importa. «Si un día viera un niño rubio de ojos claros con cierto parecido a mí, no me plantearía que es mi hijo. Hay mucha gente así. No tiene por qué ser mío», explica la más joven de las dos. Ninguna de ellas se queja del proceso de donación. «Desde fuera puede parecer un engorro porque tienes que acudir varias veces al centro, pero los médicos se adaptan a tus horarios laborales», dice Naiara.

La experiencia ha sido gratificante. Una y otra se muestran dispuestas a volver a donar óvulos. «Claro que lo haría», dice Esther sin dudar. «Hay tantos abortos, tantos embarazos no deseados, tantas parejas que quieren ser padres y tan pocos niños para la adopción que me parece precioso poder ayudar a una pareja con algo que no me cuesta nada».

La profesora Itziar Alkorta cree que el futuro pasa, más que por potenciar este recurso terapéutico, por el impulso de medidas políticas que permitan una mejor conciliación de la vida laboral y familiar. Eso serviría, dice, para adelantar la edad de la maternidad, que figura como una de las causas de la infertilidad en España. El especialista Roberto Lertxundi cree que el futuro habla sobre la posibilidad, cada vez más real, de que las mujeres puedan congelar sus propios óvulos con 20 años para implantárselos a los 40. El futuro. Entretanto, Laura Gutiérrez y Leonor Markaida pasean a sus bebés por el parque. «¿Cómo no van a ser míos? -se pregunta la madre de los gemelos de Durango- Unos necesitan un trasplante de hígado, otros de riñón y otras necesitamos un óvulo. Yo todos los días lo pienso: ¿Menudo regalo más grande que me han hecho!».



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