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Martes, 18 de abril de 2006
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DEPORTES
ANÁLISIS
El tiro por la culata
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El Athletic jugó en el Manzanares de negro. Estamos de luto. En estos tiempos en los que el marketing impone su ley en el mundo del fútbol, y todo (o casi todo) es posible en materia de diseño, ahí va una propuesta. ¿Por qué no jugamos con uniforme de camuflaje? Y es que parece que estamos en guerra. Con los rivales, con las lesiones, con los arbitrajes y con todo lo que se mueva. Si lo de Undiano Mallenco formaba parte de la campaña promovida por Villar para salvarnos, mejor lo dejamos. Va a ser peor el remedio que la enfermedad.

Tanto hablar de las bajas, y al final la recuperación de Orbaiz y Yeste permitió a Clemente presentar un once de garantías. Con una defensa coriácea, y ante un rival que dejó en evidencia el porqué de sus penurias actuales, el único invitado inesperado a un desangelado Manzanares fue un chaval del equipo contrario, el descarado Fernando Marqués. La desaparición en combate de Kezman y de Ibagaza debilitó a un rival que pareció siempre inferior a nuestro Athletic. El partido estaba listo para hincarle el diente. Ellos tenían al 'Niño'. Con mayúsculas. Pero nosotros teníamos a Yeste. Los dos, como cantaba Serrat, no se cansaban de joder, con perdón, con la pelota. A los rivales, se entiende. El fútbol de los dos rubios ilumina las horas de penumbra de dos históricos en horas bajas. Lo triste es que el nuestro fue testigo mudo del gol del rival. Lo vio desde el banquillo.

George Patton, el pétreo general americano que pasó a la posteridad por sus hazañas bélicas frente al ejército alemán, afirmaba que «mi trabajo no consiste en conseguir que mis soldados mueran por la patria, sino en asegurarme de que los enemigos mueren por la suya». En un momento vital para conquistar la playa de la tranquilidad, y cuando más cercano parecía el objetivo, el parte de bajas ha electrocutado el ataque del Athletic en su ofensiva final hacia la salvación. Los nuestros caen como moscas. Juegan al límite y se parten la cara por la causa. Ellos nunca se apartan ni se esconden en la protectora trinchera de la retaguardia. Los únicos balones fuera que lanzan son producto de sus limitaciones o de la sobreexcitación que acompaña a este grupo. Han pasado de pelear disfrutando a angustiarse sufriendo. Salen a campo abierto en una demostración de valor tan emocionante como arriesgada. Estos soldados no saben de guerras artificiales. Sólo de fuego real.

El enemigo real (Alavés, Real Sociedad y compañía) centra sus esfuerzos en conquistar cada punto como si se tratara del último puente de salvación. Nadie pierde el tiempo en pelearse con molinos de viento. Ni en inventarse malos de película. Por muy alemanes que sean. Ni están en esta guerra ni su historial militar merece semejante degradación pública. Las cortinas de humo sirven, en tiempos de guerra, para ocultar tu verdadera posición. O para poner pies en polvorosa. No parece el caso. Aquí no creemos en listas negras ni en listos blancos. Creemos en los nuestros. El Athletic necesita unidad y serenidad. Un poquito de por favor. Ante tal arsenal de incidencias, no sería de extrañar que alguno acabara más confundido que Brambati, aquel entrenador italiano que pedía a sus muchachos que corrieran «en parejas de tres».

El domingo, otra final. La enésima. El Valencia, una mezcla de seda y pedernal con el supersónico Villa acelerando los corazones rojiblancos, llama a las puertas de San Mamés. Esto se iba a resolver en marzo. Pues va a ser que no. Pero no hay tiempo para lamentaciones. Es una batalla crucial para ganar la guerra de la supervivencia. Sólo cabe esperar que no tengamos que recurrir al último cartucho, allá por mayo, para rematar una temporada nefasta, la peor de la centenaria historia de nuestro querido Athletic. No vaya a ser que nos salga el tiro por la culata.



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