La música, ya se sabe, hace extraños compañeros de cama. Los Red Hot Chili Peppers (RHCP) han logrado que durmieran juntas personas como Pablo Tarantino y Esther Casares, una pareja llegada de Valencia, y los vizcaínos Íñigo Larrinaga, Asier Zaballa, Eneko Arrieta, Iker Abendibar y Andere y Malen Zobaran. Todos habían llegado a la Gran Vía, frente al edificio de Diputación, a eso de la una del mediodía del viernes, 24 horas antes de que se procediera a la entrega de 350 invitaciones para el estreno el martes, en la explanada del Guggenheim, del nuevo disco del grupo, 'Stadium Arcadium'.
Hicieron buenas migas. Compartieron pipas, bocatas, música y comentarios sobre lo divino y lo humano, que las horas de la madrugada dan para mucho. También hubo ritmitos a la guitarra y botellón libre (¿en pleno centro de Bilbao y dando esquinazo a la autoridad competente que tanto vela por nuestra salud!) Además (inteligentes y solidarios ellos), pusieron en marcha una iniciativa que evitó falsas expectativas y ahuyentó a los amigos de meter el codo en el último momento para hacerse con uno de los ansiados papelotes de colores. Escribieron sus nombres en una lista en la que sucesivamente se iban inscribiendo los recién llegados, con lo que quedaban libres para ir a echar un meo o a pillar unos bocatas al Bocatta. Y como son los días que son, la peña (pleno para la estética grunge, el caqui y las playeras) compuso una suerte de procesión pagana mientras los pasos penitenciales, severos y tronantes con sus nazarenos con capirote y sus cirios, pasaban a su lado sin enterarse de la misa la media.
Ayer, la zona tenía un aire de acampada: colchonetas en el suelo, recipientes, bolsas con la basura decentemente acumulada, tumbonas guardadas en bolsas de Pedro Salcedo y tiendas de campaña improvisadas entre las vallas, como hizo Iker Llona. Allí pasaron la noche al raso y combatieron el sirimiri tipos como Álex Urbistondo, Pablo Rodríguez y Álvaro Moreno, donostiarras y simpáticos, con el 'Under the bridge' bajo el brazo y el sueño de poder ver a Flea, el bajista, más cerca y más cálido que nadie. «Si pasas 24 horas aquí está claro que tienes que tener un punto mitómano, pero los RHCP son un grupo excelente, buenos músicos», puntea Pablo Rodríguez, pelo afro y cinta negra al pelo.
Estrella de ocho puntas
Otro Pablo, pero de apellido Tarantino y acento criollo, mostraba el tatuaje con la estrella de ocho puntas romas que son el símbolo de identidad del grupo. Más atrás (unas 24 horas de espera más atrás), algunos recién llegados se sumaban a la cola con la esperanza de conseguir uno de los preciados boletos. Misión imposible. «Nos hemos quedado unos 50 ó 60 sin entrada. ¿No sabrás cómo conseguir una?», preguntaba Garbiñe, de negro.
A la hora, Esther Casares accedió entre una salva de aplausos a la carpa de 'Los 40' con sus dos cedés y se hizo con el papelote. Le temblaban las manos. «El peor momento es cuando te rayan el disco. Ya podían haber inventado otra cosa», surgía el lamento de una de las gargantas felices. El cedé (los RHCP cruzan el paso de cebra de Abbey Road con playeras y calcetines en los miembros) lucía una marca negra y severa. Por cierto, el grupeto de valencianos y vascos han quedado para el martes, para ir juntos al concierto. ¿A que las colas unen mucho?