El Correo Digital
Lunes, 10 de abril de 2006
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OPINIÓN
ARTÍCULOS
Helipuerto
Del numerito grotesco de Marbella lo más divertido y lo más llamativo también es lo del helipuerto. El helipuerto que se había mandado construir ese tipo que era asesor de urbanismo de la alcaldesa enchironada. Al parecer, en España tener un helipuerto es de lo más normal y corrientucho. A nadie, ni a amigos ni a conocidos, ni a vecinos ni a convecinos les extrañó nada que un señor que curraba para el Ayuntamiento tuviera una pista de semejantes características en su domicilio. Tampoco le extrañó a Hacienda, y esto es realmente lo más extraño. Estamos en un país en el que se considera delito fiscal hasta un simple y evidente error en la declaración de la renta; un país en el que se le sanciona y se le cae el pelo a cualquier pobre diablo que se molesta en declarar pormenorizadamente todos y cada uno de sus modestos ingresos al fisco si, por la razón que sea, comete en la suma final una equivocación que se ve a todas luces que es una equivocación. Pero un país en el que asimismo y sin embargo pasa totalmente desapercibido el helipuerto de Juan Antonio Roca, ese individuo que además de chorizo era un hortera amante de los cocodrilos disecados.

Yo la verdad es que lo del cocodrilo ése que salía en las fotos con la boca abierta de par en par lo perdonaría. Uno es más bien indulgente con el mal gusto ajeno. Creo que a fin de cuentas en el pecado va la penitencia y que ver a un bicho tan desagradable desde que te levantas y desayunas hasta que te acuestas no es algo que merezca la envidia de nadie. El mismo comentario me inspiran sus jirafas y sus elefantes catatónicos o el Miró que el hombre se había colgado en el retrete con la clara intención de que le ayudara a cumplir diariamente con sus más biológicas y elementales necesidades. Cada uno tiene sus propios criterios estéticos y reacciona a su manera frente a las obras de arte. Sin embargo, lo del helipuerto me parecen palabras mayores. El helipuerto de Juan Antonio Roca es la demostración pura y palpable de que vivimos en un país de nuevos ricos en el que hemos perdido el sentido de la medida. Aquí se ha pasado en treinta años del 'Ardau' a la socialización del cursillo de cata de vinos. Aquí ya cualquiera se cree con autoridad y paladar para oler la copa de un reserva ante el camarero y comentarle que está demasiado afrutado para su gusto. Y en medio de esa abundancia nueva nos ha dado por decir que no nos gusta nuestra patria. Los nuevos ricos somos así.

No. A nadie le extraña nada que tengas un helipuerto en la esquina de Rodríguez Arias con Gregorio de la Revilla o en un garaje de Sopelana. Tener un helipuerto es lo normal, una obligación ética. Es más, el que no tiene un helipuerto es un muerto de hambre. Lo grave es lo del cocodrilo.



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