«El 'Guernica' no se va a mover del Reina Sofía'», reiteró ayer de manera contundente la ministra de Cultura, Carmen Calvo, ante la nueva petición del cuadro para su exhibición temporal en un lugar indeterminado de Euskadi, realizada por los nacionalistas vascos, a los que ahora se ha unido el PP, a pesar de que el préstamo ya fue denegado en 1997, época de hegemonía de este partido con José María Aznar al frente. Todavía ayer, el PP de Vizcaya presentaba una iniciativa para la cesión de la obra en 2007 con motivo del décimo aniversario del Guggenheim, lo que a su entender sería «la mejor guinda al pastel» de los actos que se organicen.
«Yo no hago política con las piezas del patrimonio público», comentó por su parte la ministra, para quien la conservación de «los símbolos de este país» en las mejores condiciones debe estar por encima de cualquier coyuntura política». Ante la apriorística acusación nacionalista de que la denegación respondería a razones políticas, Calvo argumentó que «si la pieza resistiera un traslado, se haría».
«Cuando se pone en riesgo una obra de arte, un ministro tiene que doblar las rodillas delante de los técnicos», agregó la ministra, antes de recordar que Picasso dejó muy claro que el 'Guernica' era «para todo el pueblo español; no quería que fuera un símbolo localista de nadie, sino un símbolo durísimo de la tragedia de una guerra y de las libertades de un país».
Sin planes
Ninguno de los dos museos de Bilbao que podrían recibir el 'Guernica' de prosperar la petición de los senadores del PNV, EA y PP -mayoría en el Senado-, tienen una exposición prevista, ni siquiera una idea elaborada que incluya por alguna razón museológica al famoso cuadro pintado por Pablo Picasso en 1937 por encargo del Gobierno de la República española.
Las direcciones de los museos de Bellas Artes y Guggenheim han reconocido, en declaraciones a este periódico, la carencia de un proyecto que justifique y avale el traslado temporal a Bilbao de una obra emblemática de Picasso y del arte del siglo XX que garantiza por sí misma al Museo Reina Sofía una clientela mínima de unos 500.000 visitantes cada año.
«¿Ojalá! que, de ser así, nos tocara tenerlo a nosotros, pero el Museo de Bilbao no prepara nada al respecto», afirma su director, Javier Viar. «No hay nada previsto ni preparado», coincide a su vez Juan Ignacio Vidarte. Desde que fracasara el intento de traer el cuadro en 1997 para la inauguración del museo de Gehry, el responsable del Guggenheim admite que siempre ha alimentado la posibilidad de que, con «otro contexto político», la obra pudiera estar para la celebración en 2007 de los diez primeros años de la pinacoteca.
Tanto los senadores nacionalistas como Vidarte aluden a otra efeméride: el próximo año se conmemorará el 70 aniversario de los bombardeos de Gernika durante la Guerra Civil, tragedia que inspiró a Picasso por indicación del poeta Juan Larrea.
En aquella época, el Gobierno vasco en el exilio perdió la oportunidad de hacerse con la obra. Pese a asistir a la creación de la obra, su entonces director de Bellas Artes, el pintor José María Ucelay, no mostró ningún interés por el cuadro. ¿Por qué? No le gustaba cómo pintaba Picasso.
Curiosamente, los senadores nacionalistas, que proponen el traslado en un transporte especial para garantizar la total estabilidad del cuadro durante el viaje, sin necesidad de que sea enrollado, insisten en que toda negativa del patronato del Museo Nacional Reina Sofía y del Ministerio no atiende a razones técnicas sino políticas, pese a que la fragilidad de la obra es manifiesta. Se escudaban en una apreciación incluida en las conclusiones de un informe del técnico del MoMA Carol Stringari, realizado en 1997, antes del simposio internacional expresamente reunido por el museo para analizar el cuadro en enero de 1998.
Uno de los especialistas, José Antonio Buces, del Patrimonio Español, criticó precisamente el informe Stringari, ya que sólo consideraba el estado del lienzo hasta 1981; es decir, mientras estuvo depositado en el MoMA, desde 1939 hasta su llegada a España en 1981.
El problema de la cera
El enorme lienzo, de 3,51 por 7,82 metros, sufrió lo indecible en las numerosas ocasiones en que fue enrollado y desenrollado durante el tiempo en que el museo neoyorquino lo tuvo a su cargo, al prestarse para más de una treintena de exposiciones en EE UU y Europa.
En aquella época fue aplicado a la tela un tratamiento a la cera para estabilizar su estado, incluido algún desgarro, lo que a la postre ha sido contraproducente. En el simposio de 1998 quedó claro que debe retirarse la capa de cera, que incluso ha llegado a supurar en algún punto de la pintura a través del craquelado de su superficie. Pero todavía no se ha podido hacer, en espera de determinar el mejor sistema posible; es la única posibilidad de que el simbólico cuadro quede realmente a salvo y pueda tener una segunda vida más o menos viajera.