Una mujer suicida murió ayer en una mezquita de Ordu, en la costa turca del mar Negro, cuando aparentemente preparaba su inmolación. Otra presunta terrorista, supuestamente compañera de la primera, resultó herida al estallar el artefacto, igual que dos fieles que estaban en el templo. La explosión se produjo cuando las dos víctimas estaban dentro del lavabo.
En otro atentado separado, tres personas resultaron heridas por otra deflagración ocurrida al paso de su vehículo en una carretera en el centro de Diyarbakir, en el sureste de Turquía, cerca de una base milita.
El pasado 29 de marzo la violencia se desató en Diyarbakir, capital del Kurdistán turco, tras enfrentamientos entre la policía y los asistentes a los funerales de cuatro miembros del ilegalizado Partido de Trabajadores del Kurdistán (PKK), muer- tos cuatro días antes junto a otros diez compañeros en distintos combates con el Ejército.
Los actos de violencia han dejado hasta ahora diez personas muertas sólo en Diyarbakir y escenas «propias de la Intifada palestina, con niños y jóvenes que se enfrentaban con piedras y palos a las tropas de Ankara», describen algunos testigos.
Noventa y nueve menores de edad que participaron en los altercados continúan detenidos y serán llevados ante los tribunales, donde 91 de ellos corren el riesgo de ser condenados a cadena perpetua. Además, Analay precisó que «el 95% de estos chavales han sido torturados o sufrido malos tratos», denuncian desde organizaciones de derechos humanos.
El PKK rompió el año pasado una tregua unilateral que había mantenido durante seis años y comenzó una serie de ataques, centrados en objetivos de la policía y el Ejército turco, que se han recrudecido considerablemente en las últimas semanas.