El Lagun Aro enamora. Cuando, como ayer, se apunta a gestas cada vez menos insólitas, hace que se olviden, aunque sólo sea temporalmente, los momentos en los que no da la talla, que tampoco han sido demasiados. Muchos menos de los que se espera de quien está soplando dos velas en su tarta de la ACB. Ganar a un líder es una hazaña para un equipo que quiere huir de la modestia. Tumbar a tres, es la bomba. TAU, Barcelona y Unicaja dejaron de mostrar el número uno en su carenado tras pasar por la caja de los bilbaínos. Los dos primeros, al amparo rojillo del Bizkaia Arena y La Casilla. El andaluz, en su irreductible Martín Carpena y tras once jornadas seguidas brindando con cava. Una gozada.
Reclamaba Txus Vidorreta al comienzo de la pasada campaña vivir el momento, paladear lo que el futuro depare en lo positivo. Su recordatorio del 'Carpe Diem' adquirió en Málaga plena vigencia en un partido extraño, desbocado en ocasiones, que obligó a los vizcaínos a otra zampada de kilómetros tras quedarse descolgados en un abanico cajista. Once pérdidas en el primer cuarto y el Lagun Aro cediendo sólo cuatro puntos al final del primer cuarto. Poco tenía de normal tal situación. El balón acababa repelido y cambiando de manos cada vez que un desafortunado Scott entraba en acción. Pese a insistir en el recurso, el de Little Rock tenía ayer alergia al cuero. El añadido de los problemas de faltas de Weis (tres en ocho minutos) amenazaba con una gran nube tormentosa encima de la cabeza de los de La Casilla.
No le quedó más remedio al técnico de Indautxu que iniciar las rotaciones. Fruto de la necesidad o de sus constantes peticiones para que los menos utilizados estén listos para aprovechar las oportunidades cuando lleguen, encontró en Marco Banic y Sasa Stefanovic, de entrada, dos jugadores con los que se podía contar. Pero lo peor aún no había llegado. Mejorando, aguantando más la posesión e incluso jugando bien a ráfagas, el Lagun Aro recibía un parcial de 16-0 (23-24 a 39-24) que parecía dictar sentencia. Inverosímil. Sus ansias por retornar a la vida no se hicieron esperar, pero Weis y Rancik tenían la espada de las personales sobre su cabeza y de ello sacaba la mayor rentabilidad Daniel Santiago, del que se desconocía aún que se había quedado sin combustible.
Con diez puntos de desventaja al descanso, el regreso al parqué fue épico. Andy Panko se cosió los galones en el pecho, el Lagun Aro varió su defensa y la prioridad era desde entonces el uno contra uno. El norteamericano acabó con los hombres de Scariolo. Daba igual quién le defendiera. Envió al banco a Herrmann, que sólo le veía pasar. Nada aportaron tampoco a su defensa Risacher, Berni Rodríguez o Pietrus. El rojillo era un misil programado para destruir. A la vez, Salgado ofreció sus mejores minutos en la dirección y Montañez revitalizaba el marcaje en el perímetro. Weis ya podía con Santiago y Banic mantenía su tónica ascendente. Se le veía venir aún de lejos al Lagun Aro, pero su velocidad de crucero era apabullante.
Parcial de 0-13 para colocarse de nuevo por delante (44-46). Impactado, el Unicaja no supo reaccionar. La bola quemaba en las manos de sus jugadores. Marcus Brown ofrecía su peor cara, fallón en el tiro y poco activo en el juego; Santiago estaba desaparecido; Nicevic, lo mismo. Sólo Berni Rodríguez y Carlos Cabezas incluían el oxígeno necesario para que no surgiera el encefalograma plano entre los andaluces. Cualquier solución que planteaba Sergio Scariolo encontraba su antítesis en la pista. Tácticamente, la pelea estaba ganada.
Faltaba por conocerse el alcance de la calidad individual como recurso definitivo. El Lagun Aro miraba nervioso al luminoso y amagaba con dar carpetazo al partido (61-65) antes de que cinco puntos seguidos de Berni Rodríguez certificaran que la pugna acabaría en un cara o cruz. A 2'29 minutos, 70-67 tras un pie de Herrmann no pitado. ¿Otra vez los árbitros? No. Mucho nerviosismo, tiros libres dejados por el camino, 71-73 y 11 segundos para que Unicaja arreglara el desaguisado. No contaban con la listeza de Montañez, que se hizo con el balón en un robo que quedará como histórico, adornado con un triple sobre la bocina. Había caído otro líder. De ensueño.