 EN PARALELO. Peña, junto a su amigo Eder Salas (Baqué), durante la ruta. / FERNANDO GÓMEZ |
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Marcha Erandio-Erandio: mañana, a las 9.00 horas. 112 kilómetros. Plentzia, Jata, Morga, Unbe.
Zalla T. E: domingo, a las 9.00 h. 90 kilómetros. Ampuero, Guriezo.
S. C. Gernikesa: domingo, a las 9.30 horas. 75 kilómetros. Mendata, Durango, Elorrio y Berriz.
S. Punta Galea: mañana, a las 8.55 horas. 104 kilómetros. Gerekiz. El domingo, a las 8.55 h. 92 kilómetros, Zornotza y Montecalvo.
S. C. Ariznavarra: domingo, a las 9.00 horas. 80 kilómetros.
C. D. Foronda: domingo, a las 9.00 horas. 76 kilómetros.
S. C. Langraiz: domingo, a las 9.30 horas, Puerto Vitoria, Lapuebla. |
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Es curioso. Los ciclistas del Duranguesado huyen hacia Mungia para guarecerse del tráfico. Aketza Peña va más allá. «¿Mungia? No me gusta nada andar por ahí. Está lleno de coches». Lo que para la mayoría es un oasis para él es una atasco. Hay una explicación: el espigado corredor del Euskaltel-Euskadi es de Zalla. Encartado, pues. Y, por tanto, con toda la geografía a su favor. Hoy me lo va a demostrar. Con el mejor ejemplo: la ruta hasta el bar de Josetxu, hasta Guriezo.
Desde Zalla, el abanico de vías es casi infinito. Con buenas piernas se pueden asaltar los puertos cántabros: Los Tornos (por Lanestosa o por Fresnedo), La Sía, Lunada.... Son como unos Pirineos próximos. Pero marzo es aún tiempo para ajustar los músculos. «Si quieres, empezamos por el recorrido de la contrarreloj de la Vuelta al País Vasco». Peña es profesional -subió al podio en la última Euskal Bizikleta- y la edición de la ronda vasca que comienza el lunes en Irún concluirá en su coto, en Zalla. Ha quedado con un amigo, Eder Salas, del Café Baqué, que viene desde el nudo circulatorio de Zorroza. De otro mundo, vedado para las bicis.
«Ayer tuve masaje y hoy no sé cómo responderán las piernas», dice Aketza. Le sobran piernas. Es un tallo, un ciclista 'con motor', según el argot del gremio. El inicio de la ruta tira hacia arriba. Por Otxaran y, tras un brusco giro a la derecha, por Abellaneda y su Casa de Juntas. Media docena de curvas inclinadas. A un lado, aparece un curioso cartel: 'Finca particular. Toro suelto'. El campo es así. A la rápida ascensión le sucede un descenso veloz y fácil. Con Sopuerta al fondo. Pero sin casi tocar el pueblo, hay que tumbar el volante a la izquierda, por una carretera de seda, estrecha y umbría. Es Beci, el punto clave de la crono de la Vuelta al País Vasco. «Entrenando, subimos con el piñón de 18 dientes. En carrera, pues..., como se puede», explica Aketza. Beci es su infancia, su adolescencia, su presente. Varias pintadas, con su nombre tumbado en blanco sobre el asfalto, son testigo de esa unión. El verde gris azulado de los eucaliptos pone el color; el sonido depende sólo de la orquesta que forman viento y aliento. Ni un coche en los cuatro kilómetro de ascensión.
El bar, templo ciclista
Y queda lo mejor. El camino hacia la barra de Josetxu. Antes, pespunteando un trazado ferroviario, pasamos por Arcentales y Villaverde de Trucíos. Es fácil ser cicloturista en Las Encartaciones. El paisaje es tu aliado. Justo en Villaverde, al lado de varias casonas opulentas, se tira hacia la carretera preferida por muchos profesionales. «Por aquí da gusto andar», avisa Aketza. Y es verdad. Un cartel que dirige a Guriezo hace de guía. Peña y Salas aprovechan el ligero descenso para poner un molinillo en sus pedales. El camino está huérfano de motores. Apenas alguna carrocería de camión maderero. Es éste un paraje de vegetación económica. Esto es, abarrotada de eucaliptos, la siembra de las empresas papeleras. Y es también un lugar predilecto en el atlas el cicloturismo. Nos cruzamos con varios grupos de veteranos, que reconocen al ciclista del Euskaltel-Euskadi. También nos damos con Iker Camaño, recién llegado de la París-Niza. El río Agüera esculpe las curvas hasta Trucíos.
En el pueblo, el susto de un mirlo raseando es la única novedad. Es un enclave tranquilo, lejos de las encrucijadas. La carretera acoge bien a los ciclistas. Sólo hay una pega: la cuneta está ribeteada de maleza. Acaba de pasar la brigada de limpieza. Peligro de pinchazo.
«Paramos donde Josetxu», indica Peña, como quien habla de un templo de perenigraje. Para llegar hasta allí hay que seguir. A Guriezo. En soledad. Más eucaliptos. Ver junto al asfalto el tronco atormentado de un castaño es casi un milagro. Geografía manipulada por el hombre. Al fin, la curiosidad tiene recompensa: 'El bar de Josetxu'. Aketza y Eder son recibidos como dos socios más del establecimiento. Josetxu, el regente, ya sabe lo que quieren: «Un café con leche en vaso grande». En las tazas de la colección de EL CORREO. «Este año vas al Tour, Aketza», le lanza. «A ver, a ver», confía el corredor.
El bar, a la entrada de Guriezo, es un altar ciclista. Empapelado con maillots, fotos y dedicatorias. Por allí pasan casi todos los profesionales. Es el punto de avituallamiento. «Toma unas pastas», le ofrece Josetxu a Aketza, que duda. «Uff, eso está lleno de colesterol». Pero sucumbe. «Mira cómo nos trata. Y luego se va al Tour, ya ha estado en dieciséis». Aquí les mima y allí les anima. El dulce y el café vienen bien para la vuelta. «Es mejor volver por el mismo camino». Siempre esquivando coches. Calcamos el retorno hasta La Herbosa y luego, como después de un largo paréntesis, nos volvemos a meter en el trazado de la contrarreloj: por Balmaseda, el repecho de La Herrera y, al fin, Zalla. Justo ahí, a la puerta de su casa, Aketza pincha. Hasta eso sale bien en un recorrido así.