Algo ha cambiado para siempre en la política vasca y española. Este cambio no se refiere a la hipotética desaparición de ETA de nuestras vidas. La necesidad de guardar cautela y escepticismo ante las decisiones de la organización terrorista impide sacar conclusiones precipitadas al respecto. Son nuestros políticos los que han cambiado de manera irreversible. Algo en la manera en que han hablado estos días, en cómo se han dirigido los unos a los otros, y el peso de la responsabilidad que su mirada reflejaba indican una madurez política y democrática que anteayer no existía.
Durante años de acoso terrorista a las libertades ciudadanas, sobraban las razones para sentirse huérfanos de paternidad política. A los zarpazos en el vientre de los atentados de ETA seguían los codazos entre partidos en el cuerpo a cuerpo por adjudicarse la medalla de campeón contra el terrorismo. El anuncio de ETA parece haber detenido esa carrera sin sentido.
A diferencia de otros países en que congresistas de diferentes partidos o ministros de diferentes administraciones comparecen juntos ante la ciudadanía tras atentados graves contra la paz social, aquí raras veces hemos disfrutado de esa foto de unidad. Apenas recordamos ahora instantánea alguna en la que ministro y consejero vasco de Interior anuncian juntos que desplegarán todo el peso de la ley para proteger los derechos ciudadanos.
La buena noticia tras el anuncio del alto el fuego es que los políticos vascos y españoles han reaccionado como debían. He aquí la mejor garantía de que el tren podría llegar a buen destino. El presidente Zapatero lo ha refrendado en una entrevista reciente: «El método es la unidad de los demócratas», ha dicho. Son muchos los indicios que parecen confirmar que éste es el juego que todos han aceptado: la discreción y seriedad del presidente del Gobierno, el papel central que quiere atribuir al Congreso de los Diputados, la entrevista con el líder de la oposición y las declaraciones extremadamente responsables de actores clave como Jesús Eguiguren (PSE) y Josu Jon Imaz (PNV) son todos factores que apuntan a que así será.
Lo han recordado los colectivos de víctimas estos días, y lo han reiterado durante años muchos actores de la sociedad civil: el consenso democrático es la única estrategia eficaz para acabar con el terrorismo. Lamentablemente, este método de la unidad democrática que preside el momento, y que fue antídoto insustituible para la ciudadanía vasca en los años del Pacto de Ajuria Enea, fue abandonado en la cuneta en los últimos meses del Gobierno Ardanza.
El término mismo de 'unidad de los demócratas' fue asimilado a españolismo y represión por el nacionalismo, que optó por Lizarra y el pacto con ETA como método de resolución del llamado 'conflicto vasco'. Las elecciones autonómicas de 2001 representan el peor momento de polarización partidista y orfandad ciudadana al apoyar los partidos constitucionalistas, acosados por ETA y abandonados por el nacionalismo, la estrategia de confrontación antinacionalista del Gobierno Aznar. En aquellos años no tan lejanos, gobiernos, partidos y policías en España y en Euskadi parecían haber olvidado que les unía un enemigo común por encima de sus diferencias.
Si el método ahora es la unidad democrática, la llamada metodología de las mesas está, como ha dicho Zapatero, «superada» como escenario para un final de ETA. Tras la inicial precipitación del lehendakari Ibarretxe al anunciar la constitución de su deseada mesa vasca, el PNV ha reconducido su papel al confirmar la unidad y lealtad de todos, sin perjuicio de la legítima aspiración del lehendakari de poner en marcha algún tipo de iniciativa para reactivar la política vasca, pero sólo una vez desaparezca la violencia. Es el precio que el nacionalismo democrático debe aceptar en un proceso en que el protagonismo recae en el Gobierno y en ETA, un precio que el PNV de Imaz parece dispuesto a aceptar con generosidad y responsabilidad, como ha dicho su presidente en este periódico.
Este método de la unidad democrática tiene un preludio necesario, la firmeza democrática. Ésta es la segunda gran lección del nuevo manual de resolución de conflictos que hemos puesto en marcha. Otro concepto vilipendiado durante años bajo el estigma de 'vía policial', la firmeza del Estado de Derecho y el rearme democrático no figuraban en lo alto de la lista de los manuales anteriores, que preferían la llamada 'vía del diálogo', presuntamente incompatible con desplegar la fuerza de la democracia en defensa propia.
El principio del fin hay que ubicarlo por tanto en el cerco policial y judicial a ETA que inicia el Gobierno Aznar y que mantienen el ministro Alonso y el consejero Balza. Éste es el secreto, y fue el tándem Aznar-Mayor Oreja el que lo desveló primero. La prohibición de la asamblea de Batasuna en el BEC tras los titubeos iniciales del Gobierno y el Partido Socialista, así como el fracaso de la huelga del 9 de marzo, han jugado sin duda un papel esencial en el proceso de toma de decisiones dentro del universo ETA-Batasuna. Ahora sólo nos queda esperar y desear que la decisión sea firme y definitiva.
Sea cual sea el final de esta historia, algo ha cambiado para siempre en nuestros políticos, y por tanto en nuestras vidas. A medida que nuestros políticos descubran lo bien que les sienta el traje de la unidad en estos trances, la ciudadanía se aferrará al confort extra que esta nueva situación proporciona. Y no permitiremos marcha atrás hasta ver por fin una foto, sólo una, de demócratas vascos y españoles anunciando el fin de ETA. Sólo así llegaremos juntos a esa nueva vida que apenas intuimos, en la que todos, izquierda abertzale incluida, discutamos sin pistolas de nuestras diferencias.