Era esto lo que se esperaba? Probablemente pasará mucho tiempo hasta que sepamos si el «mensaje al pueblo vasco» que ayer hizo público ETA para anunciar un alto el fuego permanente colma las expectativas que podían albergar los 'conocedores del proceso'.
El comunicado etarra llama la atención por ser conciso y explícito. La concisión -unos pocos párrafos- lo aleja de la profusa retórica con la que ETA se ha sentido obligada a explicar sus decisiones consideradas históricas, aquellas que comprometían al conjunto de la organización, y definían nuevas estrategias en el manejo del terror y la coacción. Pero es también explícito sin lugar a dudas a la hora de vincular el alto el fuego con un proceso de negociación política cuyo resultado está predeterminado por la banda: la legalización de su entorno y el cambio de marco político para obtener el derecho de autodeterminación y promover su ejercicio. Mientras tanto, ETA se cree legitimada para exigir que, en una disparatada reciprocidad, el Estado de derecho paralice su acción contra los terroristas.
La tregua nos coge más escépticos, más conscientes de la deuda colectiva que hemos contraído con las víctimas y del deber de honrarlas, más hartos si cabe -y desde luego mucho más avisados- de las mil y una maneras en que a lo largo de los años, matando y dejándolo de hacer, los terroristas y los gestores de su coacción han unido el fin del terror a la consecución de sus objetivos. Pero la tregua llega, también, cuando sabemos que la democracia puede derrotar a ETA, que la ley es la mejor receta pacificadora y somos conscientes de que, aunque ETA pretenda ahora hacer de su necesidad virtud, los terroristas no han experimentado ninguna metamorfosis que los haga hoy distintos a lo que eran hace dos días.
Es necesario recordar que el principal motivo de esperanza, la madre de toda otra esperanza, ha estado y se mantiene, también hoy, en el éxito del estado de derecho, de la democracia dispuesta a plantar cara, con la ley, a sus enemigos. Nos hemos ganado el derecho a practicar un leal escepticismo porque con tantas hojas de ruta, la colisión es probable. ETA tiene su hoja de ruta, como la tiene el lehendakari que, con una sorprendente rapidez, ha tomado posiciones reclamando para sí la gestión de la 'normalización' en torno a una mesa que Ajuria Enea ha abierto en cuanto las palabras mágicas de ETA -»alto el fuego»- han sonado como un sortilegio. Para estar al comienzo del abandono de las armas por parte de ETA -la única declaración que se esperaba, como se decía hasta ahora después de cada comunicado decepcionante de la banda- ayer se habló mucho de política. Seguramente, demasiado. Tal vez estemos de nuevo en esa situación paradójica en que el protagonismo de ETA se refuerza en los periodos en los que se dice llegado el momento de «hacer política».
Frente a la pretensión de ETA de que la sociedad española ponga el contador a cero, el alto el fuego debe certificar su derrota, no permitir que la banda escape a ella, sin rasgo de legitimación para sus crímenes, sin sombra de influencia de su coacción y de su terror sobre los demócratas sean cuales sean las mesas en las que estos se sienten, sin agravio a las víctimas. El Gobierno ha creído que el de ayer era el escenario deseable para asegurar el final de ETA. Somos muchos los que no estamos de acuerdo con esa apreciación. Pero es su derecho -así lo ha recordado muchas veces- y su responsabilidad. El Gobierno, en los términos de colaboración leal definidos en el Pacto por las Libertades, tiene derecho a esperar la disposición constructiva del PP que ayer manifestó Mariano Rajoy. El presidente Rodríguez Zapatero, por su parte, ha de recordar que, tratándose de ETA, la transparencia y el consenso son los presupuestos del éxito. El resto lo dará el acierto del Gobierno que todos los españoles deseamos.