Suelo utilizar de forma recurrente una frase de Lars Gustafsson: «No importa. No nos rendimos. Empezamos de nuevo». Es una frase que el día de hoy tiene dos lecturas. Una desde la perspectiva de la propia ETA que, una vez más -Argel, Lizarra, Suiza - intenta con su fin condicionar el futuro político de los ciudadanos vascos. Y que esta vez también es así; conviene no olvidarlo. El otro uso de la frase presupone que el fin del terrorismo es un bien social de suma importancia y que, por ello, nunca hay que darse por vencidos: que continuamente hay que iniciar de nuevo el esfuerzo por terminar con el terrorismo y asegurar la libertad para los ciudadanos vascos. Por ello, hoy empezamos de nuevo, y si somos capaces de entender que este nuevo-viejo hito se debe casi exclusivamente a la fortaleza democrática y a la debilidad de ETA, este «empezamos de nuevo» puede que nunca tenga que repetirse.
Pero si realmente queremos aprovechar la ocasión y asegurar de forma definitiva la libertad política de los ciudadanos vascos, es necesario hablar con claridad.
Hay dos máximas que, junto con la esperanza del fin de ETA, se confunden habitualmente. Una: si ETA desaparece la democracia será generosa; y dos: nadie va a salir perdiendo, todos ganaremos.
Vayamos por partes. Todos no podemos ganar, ETA y los que apoyan su andadura tienen que perder; si no es así, somos los demás quienes vamos a perder. Voy a exponer lo que pienso con sinceridad y crudeza. Es cierto que cuando una sociedad que persigue largo tiempo la libertad que ha sido atacada por un grupo organizado, y ve que tiene posibilidades de lograrlo, está dispuesta a ser generosa, incluso muy generosa. Y está dispuesta a hacer esto para adelantar el logro pleno de la libertad. Pero es necesario poner unos límites muy claros. El más importante es que el fin de la violencia ejercida se entienda como una clara victoria de las tesis políticas que venían defendiendo la necesidad de libertad política y la derrota de las tesis políticas totalitarias.
Los modelos que mejor nos pueden ayudar a entender esto que digo, aunque de primeras resulte raro, son los múltiples acuerdos de transición que a finales del siglo pasado han posibilitado sociedades democráticas: Argentina, Sudáfrica y los países de Centroeuropa (hombre, no me olvido de la española). En todas ellas las transiciones han sido posibles por la enorme generosidad de la parte de la sociedad que defendía la libertad y la democracia. Y en todas ellas el triunfo, la victoria de la democracia, ha sido requisito indiscutible para la posterior generosidad. Las tesis políticas de los que defendían las posiciones políticas totalitarias han sido derrotadas y marginadas. No se les ha dado cobertura en las nuevas instituciones.
Y de esta generosidad siempre se han beneficiado, únicamente, los que atacaban con anterioridad la libertad. Porque es necesario decirlo, los totalitarios que atacan la libertad nunca, ni siquiera al final, han sido generosos. Pero esta generosidad tiene el precio de derrotar al totalitarismo, de marginarlo de las instituciones. La libertad generosa no acepta que el totalitario le imponga su futuro, ésta es la condición que impone.
Dicho esto, es necesario también afirmar que en todos estos acuerdos de transición nunca ha sido buena consejera la exigencia, a todas las personas y hasta las últimas consecuencias, de las responsabilidades penales en que habrían incurrido. Aunque algún nivel de 'lustratio', de depuración, ha sido necesario, precisamente para simbolizar la derrota totalitaria. Es en este campo, únicamente, donde puede ser generosa la democracia, y siempre con el requisito previo de la derrota política totalitaria y es además requisito imprescindible un consenso mínimo de las personas que han sufrido directamente la violencia, las víctimas.
La experiencia también nos enseña otra cosa: que cuantos más intentos de oferta de generosidad no correspondida por los totalitarios ha efectuado una sociedad, es mucho más renuente a la generosidad, una vez consolidada la libertad.
Los que afirman que con el acuerdo irlandés todos salieron ganando ocultan deliberadamente que los presos del IRA que estaban en las cárceles irlandesas siguen allí, precisamente porque la sociedad irlandesa fue la que más ofertas de generosidad y comprensión manifestó en los años 80. La sociedad vasca, y también la española, han hecho durante estos 30 años tantas ofertas de generosidad, ofertas todas ellas no correspondidas por ETA, que últimamente hasta parece que somos los demás los responsables de que no termine el terrorismo porque no hacemos suficientes esfuerzos para lograr su fin.
El presidente Zapatero tiene toda la legitimidad y, además el apoyo de casi todos los vascos, para que haga un esfuerzo para adelantar el fin de ETA, pero no debe olvidar los límites democráticos de la generosidad y que tiene que hacer un enorme esfuerzo, esta vez sí, para conseguir el consenso de todos los partidos políticos para avanzar en este camino.
La afirmación, casi axiomática, que durante años hemos mantenido en Euskadi -'Si ETA termina, al día siguiente salen todos los presos'- no es verdad. Es verdad que es el único campo donde podemos negociar la generosidad, pero va a tener serias restricciones. Retricciones que va a imponer una sociedad cansada, defraudada de tanta esperanza rota, de una sociedad, aunque no se reconozca de forma pública, con complejo de culpabilidad por haber consentido tanto tiempo el terrorismo. Restricciones que van a imponer también los que han sufrido directamente el terrorismo. En este tema puede que las víctimas no tengan voto, pero desde luego voz, y voz clara, sí van a tener.
Es necesario recalcar que cuanto más clara sea la derrota política de ETA, mayor será el margen para la generosidad, y también al revés. La posible negociación que a partir de hoy se pudiera iniciar tiene unos márgenes tan reducidos que va a resultar muy difícil que finalice con éxito. Y no es esto un argumento para no intentarlo, pero sí una advertencia para la moderación en la euforia.
De lo que estoy seguro es de que, si esta tregua tiene alguna duración, los recaudadores se van a poner a solicitar la absolución y a pedir a continuación la contribución de ventajas políticas. Y va a resultar que es la ocasión para hablar claramente de política. De discutir frente a frente, sin excusas, con el nacionalismo. Un debate impedido y ocultado por el terrorismo tantos años.
Si al día de hoy ETA está dispuesta a aceptar su derrota política, es cosa que sólo ellos pueden aclarar. Desgraciadamente no veo muchos indicios en este sentido en el comunicado que, más que un anuncio del fin, parece una lista de 'etxeko lanak', de tareas que nos impone que tenemos que cumplir para conseguir su aprobado.