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LO MEJOR. La mirada al tránsito de los estilos, al cambio de la figura humana, desde los apóstoles de Herrera el Viejo o la Sagrada Familia de Roelas al San Francisco de Borja de Alonso Cano o el Martirio de San Bartolomé de Ribera. En los primeros cuadros todavía hay un punto de clasicismo, rasgos del renacimiento, del cinquecento italiano. En los últimos ya no se ocultan los defectos de los personajes, sus rostros curtidos, sus arrugas. Es el naturalismo expresivo, la realidad expresada con dramatismo intenso.
LO PEOR. La escasa explicación de la Tercera sala, donde 'La coronación de espinas' de Pacheco retrocede en el naturalismo para volver al incipiente post-manierismo, el cual parecía ya superado en el recorrido. También una pena, por supuesto, que las magníficas investigaciones y los estudios de atribuciones se queden en el catálogo y no lleguen al gran público. Y es que no basta con mostrar el arte, sino que también hay que enseñarlo, hacerlo asequible a todos. |
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Dos son las grandes lecciones que esta formidable muestra consagrada al primer barroco español con residencia en Sevilla ofrece al espectador. La primera se refiere a ese cambio plástico y religioso operado a principios del siglo XVII, cuyo reflejo esencial es la liberación de un manierismo más basado en ideales estéticos y en virtuosidades formales e intelectuales, que en la realidad de una percepción visual directa o en la naturalidad de una realidad capaz de plasmar vida y sentimientos. Dicho de otra manera, en esta exposición se enseña el surgimiento de unos rasgos de modernidad, de una expresiva naturalidad y hasta de un intenso dramatismo, cuyo efecto inmediato es la superación del artificio manierista, es decir, del arte idealizado.
Obviamente, y vale como segunda gran lección de la muestra, este cambio fue paulatino y siempre bien distinto, en función de la cronología y de la formación de cada artista. Así, mientras que Juan de Roelas todavía mezcla la dulzura con la fuerza o Herrera el Viejo ya introduce más rigurosamente la pincelada suelta y el verismo, Ribera y hasta el joven Velázquez denotan con claridad en sus obras esos rasgos estilísticos de la contrarreforma, con el claroscuro de Caravaggio en la inspiración y la verosimilitud en la representación figurativa.