El Correo Digital
Lunes, 20 de marzo de 2006
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OPINIÓN
ARTÍCULOS
¿Estupidez política?
La errónea utilización de las palabras siempre es síntoma inequívoco de confusión en los conceptos. Un ejemplo nos lo ha brindado generosamente Miren Azkarate esta pasada semana con su calculada aseveración de que «el encarcelamiento de Otegi sería una estupidez política». Aquí no estamos ante un disparate ni ante una mentira siquiera sino ante una formulación improcedente desde el instante en que dicho encarcelamiento no sería una 'medida política' sino una 'medida judicial' y en que exigir, pedir o sugerir siquiera la suspensión del fallo de un tribunal de Justicia en nombre de 'lo político' equivaldría a romper la tan traída y llevada separación de los tres clásicos poderes -el judicial, el legislativo y el ejecutivo- establecida por Montesquieu, cosa que nadie deseamos. ¿O sí deseamos?

Insisto en que la propia confusión de planos que se produce en esa frase desactiva a priori su sentido. Es como si alguien se propusiera paralizar una operación quirúrgica de cambio de nariz con el extraordinario argumento de que se trata de un atentado urbanístico, ecológico o cinematográfico. La propia argumentación se cerraría la puerta a sí misma de antemano. Pero hay algo más en la frase de la portavoz del Gobierno vasco que a uno le desconcierta y no le acaba de sonar pertinente. Me refiero concretamente al mismo apellido -«política»- que ella le añade al vocablo «estupidez». Por definición la estupidez es universal. Es siempre estupidez a secas. Como lo es también la lucidez en contra de lo que pueda pretender esa buena señora al decirnos tácitamente y de manera nada inocente que puede haber 'aciertos judiciales' que sean 'estúpidos' en otro plano de la realidad y el sentido, 'estupideces políticas' en esta ocasión.

Los resultados de semejante lógica -de llegar a aplicarse alguna vez- serían devastadores. Y es que, con la intención de acotar el acierto judicial -la lucidez jurídica-, termina explicítamente -y empieza- acotando la estupidez misma al terreno político, o sea indultándola, relativizándola y abriendo el camino para que sea interpretada como 'lucidez' en determinadas circunstancias. Asistimos así, ni más ni menos, a una apología institucional, gubernamental y vasca de la estupidez sin precedentes. Al poder ser acotada al terreno ideológico, arquitectónico, étnico o gastronónico sin perjuicio de que sea deseable o encomiable en otros ámbitos, la estupidez resulta conceptualmente salvada en esta inolvidable declaración oficial. Dicen por ahí que en el País Vasco lo politizamos todo. Éste sería un grave ejemplo. La politización de la estupidez es lo que nos faltaba. Sería una estupidez sin apellido pero con mayúsculas.



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