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Jueves, 16 de marzo de 2006
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Sadam inicia su defensa con un llamamiento a la unidad religiosa
La actitud desafiante del ex líder iraquí obliga al juez a celebrar el proceso a puerta cerrada
Sadam inicia su defensa con un llamamiento a la unidad religiosa
ARROGANTE. Sadam se dirige al magistrado que le juzga. / AFP
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Era su primera comparecencia en el estrado de los acusados del Alto Tribunal Penal que le juzga y, una vez más, se mostró desafiante y provocador. El ex dictador Sadam Hussein aprovechó su testimonio para pronunciar un discurso político en el que pidió a los iraquíes que dejen de «matarse entre sí» y resistan «al invasor». Su próxima audiencia se fijó para el 5 de abril.

Pese a las llamadas al orden, Sadam -vestido con traje oscuro- hizo una declaración llena de referencias coránicas. Ante su arrogante actitud, el presidente del tribunal, el juez kurdo Rauf Abdel Rahman, decidió la celebración de la audiencia a puerta cerrada. El ex dictador iraquí, aparentemente informado del clima actual de tensión entre suníes y chiíes, se mostró federalista y exhortó a los iraquíes a la unidad y a levantarse contra las fuerzas extranjeras. «Esto es una comedia contra Sadam Hussein y sus camaradas», calificó el sátrapa en referencia al Alto Tribunal que lo juzga, desde el 19 de octubre de 2005, junto con siete de sus colaboradores.

«Soy el jefe de Estado», dijo el ex dictador. Ante estas palabras, el magistrado Rahman inició una encendida discusión y le recordó que ya no era «el presidente» del país del Golfo. «Su discurso es político y nosotros, desde nuestra posición como tribunal, no tenemos nada que ver con la política», le espetó. Pero Sadam no se arredró y le respondió: «Sin la política, usted y yo no estaríamos aquí». Minutos antes, había hecho referencia a la invasión de Irak, en marzo de 2003, por la coalición internacional encabezada por Estados Unidos, a la que consideró «criminales bajo el pretexto de buscar armas de destrucción masiva».

Más tarde, tanto Sadam como sus siete colaboradores se declararon inocentes del crimen que se les imputa -la ejecución de 148 aldeanos de Dujail- y por el que pueden ser condenados incluso a pena de muerte.



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