El Correo Digital
Miércoles, 15 de marzo de 2006
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OPINIÓN
ARTÍCULOS
21 de marzo
Cuando yo era más joven, la idea de que la llegada del buen tiempo, del sol incesante, de las florecitas de colorines y todo eso mejoraba el ánimo hasta extremos de euforia me parecía más bien un tópico de índole rancia. La mejora del tiempo meteorológico suponía para mí tanto como cualquier otro incidente de la vida diaria, de modo que no me dedicaba a celebrarlo con grandes saltos y volteretas porque eso ya lo hacía el resto de los días del año salvo en época de exámenes. Eso sí, recuerdo con intensidad esas mañanas de verano en las que me levantaba de la cama con la certeza feliz de que durante una temporada nunca suficientemente larga no tendría que ir al colegio a aprender cosas que ya sabía y otras que no me interesaban para nada. Cosas de niño, supongo.

Pero conforme pasaban los años, mi percepción de la realidad sufrió notables cambios. Salía el sol radiante por la mañana y yo era otro, capaz de merendarme el mundo a dentelladas, de enamorarme como Romeo de una Julieta siempre preciosa, de caer en las redes de la melancolía melodramática para pasármelo en grande y de no hacer nada que supusiera un esfuerzo serio. Era feliz, en una palabra, y aprendía a valorar el cielo azul y las bromas del termómetro hasta el día de hoy, que me sigue pasando lo mismo. El demiurgo o lo que sea que inventó el buen tiempo era un gran tipo sin duda: el mejor de los tipos posibles.

El caso es que me han dicho quienes me conocen que, a pesar de mis legendarias alergias primaverales, cuando llega el buen tiempo me cambia la cara, soy más locuaz, me tomo las cosas menos en serio que de costumbre y se me pone en el rostro una expresión de lelo feliz muy celebrada por el entorno, que tiende a creer con cariño que me he vuelto tonto de repente. No me importa en absoluto porque sé que a la mayor parte de ellos les sucede lo mismo, lo intenten disimular o no, salvo en el caso de algún cascarrabias incurable. Y además celebro siempre el 21 de marzo ejecutando un ritual que no puede faltar: pongo en el aparato de música 'Here comes the sun', esa canción insuperable que George Harrison escribió en el jardín de Eric Clapton al contemplar el sol después del arduo invierno de Londres. Escribo todo esto para recordarles que un día de estos llega la primavera y que conviene recibirla con los fastos y juergas que merece. No se le vaya a olvidar y la deje pasar de largo. Se arrepentirá de ese error de cálculo durante el resto del año y seguirá siendo ese contribuyente anodino y sin gloria que es casi siempre. Dice el dicho que la primavera la sangre altera, y puedo dar fe de la exactitud de tan certero aserto científico.



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