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Jueves, 9 de marzo de 2006
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POLÍTICA
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OPINIÓN/Detalles
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La situación política en Euskadi ha experimentado un cambio en las últimas jornadas. Hace unas semanas todos los partidos políticos parecían centrados en preparar el día después de la violencia. Hoy todo resulta más incierto. Los atentados de ETA y la reaparición de la kale borroka -antes y después de la muerte de los presos Angulo y Saiz- ha devuelto la política a la realidad de un problema que resulta tan simple y tan complejo como siempre. Tan simple como que ETA no quiere dejar las armas. Por lo menos no así como así. La complejidad deriva del dilema que se le plantea a las instituciones sobre cómo convencer a la organización terrorista para que cese en su actividad. Hace unas semanas la proliferación de fórmulas políticas que pudieran aprovecharse de la energía liberada por una tregua inminente anunciaba el conflictivo subasteo a que daría paso el silencio de las armas. Hoy las dificultades parecen previas a tan anhelado momento.

Uno de los detalles más significativos del momento es que, por primera vez desde que se comenzara a hablar de proceso de paz, el PNV oficial haya optado por representar el papel del escéptico. La primera explicación de su actitud deberíamos buscarla en el hecho de que los jeltzales se han sentido desplazados del centro del escenario, supuestamente ocupado por los también supuestos contactos entre los enviados de Rodríguez Zapatero y la corte batasuna. La especie de que tras esos contactos se prepara un futuro pacto entre los socialistas y la izquierda abertzale que acabaría desplazando al PNV del poder institucional ha podido indignar, más que inquietar, a algunos de sus dirigentes. Pero el escepticismo jeltzale responde a algo más que a su incomodidad. Las palabras de Imaz, de Urkullu o de Balza de los últimos días no parecen las de meros aguafiestas dispuestos a tapar la luz al final del túnel. Obedecen a la constatación de que resta aún mucho tiempo y camino para que pueda hablarse de proceso de paz. Los hechos y los dichos de ETA no permiten aventurar otra cosa.

El otro detalle significativo es que cuando el partido de Rajoy podía contar con más argumentos para arremeter contra la debilidad o la candidez de Rodríguez Zapatero en relación a ETA es cuando ha mostrado mayor disposición a respetar el papel del gobierno. Como si la utilización partidista del tema perdiera interés en la misma proporción en que las esperanzadoras palabras del presidente son silenciadas por los amenazadores movimientos de ETA. Probablemente hoy no estemos más lejos de la paz que hace unas semanas. Pero es posible que con el paso de los días se vuelva más difícil la rentabilización partidista del final del terrorismo, se produzca cuando se produzca.



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