El próximo miércoles se celebrará el Día Internacional de la Mujer Trabajadora. La fecha, elegida en 1910, tiene por objetivo reivindicar los derechos femeninos en un mundo que, en su mayoría, está regido por hombres. En un comienzo, la lucha era por el voto. Después, por el empleo. Más tarde, por los anticonceptivos y la posibilidad de elegir entre formar una familia o no. Hoy, que existen leyes reguladoras de estos derechos e instituciones abocadas a que se cumplan, la pugna es por la igualdad cabal. Por las oportunidades.
Iguales y diferentes. Opuestos y complementarios. Hace ya algunos años, el estadounidense John Gray escribió un libro que se convirtió en 'best-seller'. Bajo la premisa de que hombres y mujeres tienen claras diferencias entre sí, el autor intentaba explicar por qué a veces unos y otras no consiguen ponerse de acuerdo. El título era un buen resumen de aquellas páginas llenas de ejemplos: 'Los hombres son de Marte y las mujeres, de Venus'. Cada uno se encuentra en universos diferentes.
Pues bien, hay excepciones. Lo demuestran los cuatro profesionales que conforman este reportaje, hombres que, para poder desempeñar su propio trabajo, han tenido que ponerse en la piel de una mujer y conocer los rasgos propios de 'ellas': desde sus intereses hasta sus sentimientos y su manera de ver la vida. Sin tabúes. Sin apriorismos. José Antonio Landaluce asumió, por ejemplo, las peculiaridades laborales a que se enfrentan las féminas para defenderlas en un comité de empresa.
Santiago Carrasco, por su parte, aprendió de madres y niñas. De las primeras, a saber cómo es la jornada cotidiana de una mujer con hijos. De las segundas, a conocer sus inquietudes infantiles y responder a sus primeras preguntas. Es profesor. Javier Manso, ginecólogo, sabe muy bien tras 16 años de profesión lo que siente una futura madre y Jon Sopelana, peluquero, es capaz de recitar todas aquellas conversaciones que a un novio o marido le están vedadas tras las puertas de un salón de estética. Los cuatro hombres -así, peyorativamente- desvelan con «admiración» ese mundo femenino que agradecen conocer «tan bien».
JOSÉ ANTONIO LANDALUCE
Sindicalista, trabaja en una conservera
«Logramos que se respete la lactancia»
José Antonio Landaluce brama por los periodos de lactancia, reivindica el respeto a la maternidad en el ámbito laboral y tuerce el gesto cuando lee esas estadísticas que informan de que la mujer percibe todavía un 17,3% menos de salario en relación a los hombres en puestos de trabajo equivalentes. Landaluce tiene claros estos problemas, y no porque se los hayan contado, sino porque él mismo integra un amplio comité de empresa «en el que sólo hay tres hombres».
Trabaja desde hace un lustro en una conservera instalada en Bermeo. Rodeado por sus compañeras, mayoría en la empresa, este sindicalista de la UGT se olvida normalmente de su sexo a la hora de plantear mejoras. «Hemos conseguido muchas cosas importantes: permisos por maternidad remunerados, que se respete el periodo de lactancia Con el paso de los años, ha habido grandes mejoras laborales porque metemos bastante caña».
Las palabras de este empleado ilustran muy bien el día a día de sus colegas, a quienes admira por su esfuerzo y tenacidad. Porque a Landaluce, otra cuestión que le molesta es que se contemple todavía hoy el trabajo femenino como un simple 'complemento' a la economía doméstica. «Este tipo de tareas, envasando pescado, siempre se ha visto como una ayuda extra a la familia o un suplemento a los ingresos del hogar. Sin embargo, bien podría compararse con las exigencias de una obra», asevera.
Y no le faltan ejemplos: «Se trata de un trabajo muy repetitivo de ocho horas al día que, según pasan los años, se vuelve desgastante. Pasas frío y calor. La mayoría de las bajas son por lumbalgias, tendinitis y obstrucción del canal metacarpiano». «En el comité de empresa intentamos minimizar los riesgos de las trabajadoras», añade. Y ese empeño les ha valido un reconocimiento especial de UGT, que «nos han premiado por nuestra lucha en defensa de las mujeres».
Landaluce tiene 42 años y eligió esta profesión para estar cerca de su familia. «Mis hijos iban al colegio en Bermeo y mi señora tiene su empleo en esta localidad. Así que busqué un puesto aquí para no desplazarme hasta Amorebieta, donde trabajaba antes». Cuando llegó a la conservera, el sindicalista recuerda que «los únicos hombres que había se encargaban del mantenimiento». En este sentido, él es uno de los pioneros que se ha puesto a envasar pescado.
Su actividad le han permitido comprobar que es «falso eso del 'sexo débil'» y que, entre mujeres, «hay muchísima solidaridad». «A veces veo a chicas que no pueden levantar el mismo peso que yo. Pero también me percato de cómo se arreglan entre dos, cómo se ayudan para realizar el trabajo. Ponen su granito de arena para que el ambiente sea agradable. Y ellas son muy abiertas conmigo», concluye.
SANTIAGO CARRASCO SALAS
Maestro de guardería
«Las madres me preguntan cómo mantengo la paz»
Si alguien conoce de cerca lo que implica criar a un niño, ése es Santiago Carrasco. El tutor de Educación Infantil más antiguo del Colegio Vizcaya, en Zamudio, tiene 51 años de edad, 16 de experiencia y 25 niños que le rodean cada día en busca de su atención. «Santiago es 'una' más de nosotras», dicen sus compañeras, mientras le ven trabajar con los chavales de cuatro años en un aula de sillas diminutas. «Creer que los hombres no son tan capaces en la educación inicial de los niños es un mito», agregan convencidas.
Santiago Carrasco -o 'Santi', como le llaman los alumnos- opina, en cambio, que esa leyenda tiene algo de verdad. «Esta profesión ha sido tradicionalmente desempeñada por mujeres. Cuando estudiaba Magisterio, en una clase de sesenta personas, sólo cinco éramos hombres. Y, de ellos, fui el único que acabé dedicándome a esta actividad».
El trabajo de Carrasco le mantiene en contacto permanente con los niños, sus compañeras de trabajo y los progenitores, aunque, según el Instituto Nacional de Estadístico, quizá sería conveniente hablar de 'ellas': las mujeres dedican tres horas más al día a la atención de los hijos y el hogar -sólo el 3% de los maridos y compañeros lava y plancha- y el 34% de las madres cuidan en exclusiva a sus vástagos menores de 12 años.
Casado y padre de una joven de 21 años, el tutor destaca como un valor añadido a su labor el hecho de que sus compañeras tienen «conversaciones muy interesantes». Ejemplo: «Lo importante que es para los niños contar con la figura masculina en el entorno educativo», corrigiendo de nuevo esa teoría que reserva a las mujeres la educación de los más pequeños. «Es importante que tengan ambas referencias y, en ese aspecto, estamos todos de acuerdo. Me gustan los críos, soy una persona tranquila y tengo mucha paciencia, aunque la vaya perdiendo con los años», bromea Carrasco.
Porque está muy claro que lo suyo es vocacional y que disfruta de la docencia. Tanto que «las madres me preguntan cómo hago» para que una veintena de niños mantenga la disciplina. «Yo trato de darles pautas», conviene Carrasco, para quien sus pequeños alumnos son, ante todo, «frescos y espontáneos. Una cuestión importante para mí es recapitular: conservo muchos momentos buenos y anécdotas. Es gratificante ayudar a chavales con problemas o verlos después, ya con diecisiete años, en la cena de despedida al acabar el bachillerato. De algunos recuerdo hasta el nombre. Y ellos se acuerdan de mí».
JON SOPELANA
Peluquero
«Hablamos de cosas diferentes»
Por su profesión de estilista, Jon Sopelana tiene acceso a un mundo hermético para muchos hombres: la peluquería, ese cofre que guarda secretos de belleza y de mujer. En el centro Spejo's de Bilbao, donde trabaja desde hace un mes, es el único varón y, según sus compañeras, «la alegría de la fiesta». «Se trabaja bien con él y aparte es bueno tener 'de todo'», agregan con ironía claramente femenina.
A sus 28 años, Jon tiene un doble privilegio. Por un lado, conoce a la perfección todos los trucos femeninos para lucir «realmente guapas» (y los sacrificios que conllevan). Por otro, presta siempre su oído atento a todo tipo de confesiones «pues aquí -asegura-, las clientas suelen contarme muchas cosas de su vida. Comparten sus sentimientos, me hablan de sus maridos, sus hijos, sus novios o sus amigas».
Como contraprestación a su sinceridad, él tampoco se queda corto: «Me gusta entretener a todas, meto ruido cuando la peluquería se queda en silencio y siempre intento involucrar a las clientas en la conversación». Eso sí, en cuanto al tema, «ellas llevan la iniciativa». Al igual que otros colegas de profesión, Sopelana sabe que incluso en una charla los intereses «cambian» porque «hombres y mujeres hablamos de diferentes cosas». «Hay temas que yo no entiendo, por mucho empeño que ponga, pero intento lograr un balance y ponerme en su lugar. Eso sí, a veces echo en falta tomar un vino con dos colegas para hablar de estupideces», ironiza.
Sus compañeras le estiman mucho y una de ellas -Vanesa, «la primera que me sonrió al llegar»- no duda en afirmar que «es muy abierto y salado». «Pon que es muy atento, servicial y profesional», reclama de repente una clienta que acaba de cortarse el pelo. Y él, mientras barre el suelo, se enorgullece de su trabajo: «Ya no me sorprende nada ni me avergüenzo por lo que hago».
JAVIER MANSO
Ginecólogo
«Todos tenemos un lado femenino»
Otro lugar donde hay confesiones, miedos, preguntas y esperanzas es la consulta del ginecólogo. Allí, en su escritorio de la Clínica Euskalduna, Javier Manso sostiene «charlas de todo tipo», que van desde partos y embarazos, hasta cánceres de mama y vida sexual. «Al principio, a las mujeres, les cuesta mucho desnudarse», explica el médico refiriéndose al cuerpo, pero también «al corazón». «Hay una gran demanda de chicas ginecólogas, quizás por el pudor que existe de antemano. Sin embargo, mis pacientes tienen mucha confianza en mí». Y el diálogo es la clave.
El doctor Manso, que eligió ser ginecólogo para combinar una especialidad médica con la cirugía -«y porque todos tenemos un lado femenino»-, ha tenido que aprender mucho acerca de las emociones. En su consulta ha dado noticias buenas y, también, de las otras. «Esta mañana, sin ir más lejos, tuve que decirle a dos pacientes que tienen cáncer de mama». Algo que «nunca es fácil», pero se debe hablar.
«Siempre les digo la verdad, aunque hay que saber cómo. No se puede minimizar una enfermedad así, pero sí debes medir las palabras», escuchar «y luego ofrecer una perspectiva positiva, comentándoles las posibilidades de curación». ¿Y qué hay de las buenas noticias? «¿Ahh! -suspira el doctor-. Son el colofón a todo, el mejor premio. Decirle a una mujer que está embarazada y ver su alegría es un momento único. Siempre hay sonrisas y abrazos».
-¿Igual que en un parto?
-No. Los partos son especiales, aun a las cuatro de la mañana. Te producen una inmensa satisfacción como profesional y ser humano. Aquí solemos decir: vivimos de las mujeres, pero, más que eso, las admiramos.