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Jueves, 2 de marzo de 2006
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Tarjeta amarilla del Papa
El obispo de Florencia leyó ayer un mensaje de Benedicto XVI contra el racismo en el fútbol antes del amistoso entre Italia y Alemania
«RESPETO Y DIÁLOGO». El obispo Claudio Magnago lee el mensaje papal antes del partido. / AP
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Los berreos racistas no son una exclusiva de los estadios españoles, también es una forma de graznido extendida en los campos italianos, aunque desde luego esto no sirva para consolar a Samuel Eto'o y otros afectados. Un jugador del Messina, Marc André Zoro, paró el partido contra el Inter en San Siro tras recibir insultos de la grada el pasado diciembre. Ese mismo mes, un delantero del Lazio, Paolo Di Canio, se dirigió dos veces con el saludo fascista a su afición, que de paso mostraba pancartas con esvásticas. Sus eternos rivales del Roma, que hasta entonces no eran tan fachas, les emularon el mes pasado con más carteles nazis. En fin, que entre tanta fascinación por el Reich llegó ayer el amistoso Italia-Alemania disputado en Florencia y un destacado alemán, nada menos que el Papa, decidió que era una buena ocasión para lanzar una llamada al orden y la concordia. En un mensaje contra la discriminación racial, pidió al mundo del fútbol que promueva «el respeto y el diálogo».

Las palabras de Benedicto XVI fueron leídas por el obispo auxiliar de Florencia, Claudio Magnago, muy emocionado por tener ante sí el auditorio más grande de su vida. Se trata de un gesto histórico porque es la primera vez que un pontífice escribe un mensaje para un campo de fútbol e interviene en incidencias ligueras, aunque sean de este alcance social. El marco lo han puesto la federación italiana y la alemana, que con la vista puesta en el próximo Mundial habían dedicado el partido a la lucha contra el racismo. Además, los jugadores saltaron al campo con una camiseta de la UE contra la xenofobia que en la espalda lleva una frase de otro alemán famoso, Albert Einstein: «¿Raza? ¿Humana!». Ratzinger alabó la iniciativa y ensalzó «la importante función educativa del deporte al servicio de la solidaridad y la paz».

Que el Papa haya tenido que bajar al césped a pedir calma indica hasta qué punto la situación se está desmadrando en Italia. La violencia en los estadios es un fenómeno habitual, con parte semanal de detenidos y heridos, y llevarse un crío al fútbol empieza a estar casi mal visto, como algo propio de padres irresponsables. El racismo es un síntoma más. «No es posible que Italia se esté distanciando tanto del resto de Europa en el control de estos episodios, hay algo en lo que se están equivocando desde hace tiempo», dijo hace unos días con tono apesadumbrado William Gaillard, portavoz de la UEFA.



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