Mienten quienes aseguran que la vida humana no tiene precio. La del propio Jesucristo fue tasada en treinta monedas de plata, la comisión de Judas. La vida de otros no vale ni el esfuerzo de un soplo, mueren cada tres segundos entre la indiferencia, el índice de la Bolsa y la especulación mercantil. Mueren de hambre o exhaustos tras largas horas de trabajo como esclavos, en plantaciones o en burdeles. La vida de nuestros niños anda un poco más valorada, dependiendo del barrio y la suerte social, pero algo más se cotizan en el mercado sentimental de nuestros medios de comunicación.
Una vez adultos, la depreciación del valor varía según el lugar, el cargo y el momento. Por ejemplo: la vida de un chicano acusado de asesinato le cuesta al Estado norteamericano el precio de una soga, unas balas, un veneno letal o una porción de gas, según el rito del asesinato legal y estatal. Luego están los símbolos eróticos de las pantallas, capaces de asegurar sus piernas o sus glúteos por una millonada. Silicona y liposucciones aparte.
El común de la ciudadanía media se cotiza a tenor de la hipoteca y los años de vida suspendidos al capricho del banco. Yo misma, que padezco hipoteca, he tenido que asegurar mi precaria vida en un pastón para que, si la palmo, cubra la deuda la aseguradora. Jamás imaginé tanto valor para mis carnes y arrugas.
Y luego está el valor de la infanta Leonor. Pobrecilla, con los ojos cerrados y cotizada en dólares. Los Príncipes se saltan la legalidad del país donde esperan reinar y envían, por avión y con todo lujo de medidas de seguridad, el cordón umbilical que la unió a su madre para congelar sus células madre y poder remediar el destino de sus futuras enfermedades. Nada, al menor catarro de la infanta, conferencia a la clínica americana y envío inmediato de remedio infalible.
A una servidora, lo que de verdad le quita el sueño en esta historia es imaginar un folletín con las variantes posibles de esas células reales congeladas. Será por oficio, que una lleva años inventando novelas, pero no dejo de imaginar las posibilidades de clonar a la pequeña Leonor e inundar con su efigie en vivo el mercado de la moda, de las revistas del corazón... ¿Menudo chollo! Pero, puestos a soñar, ¿se imaginan que uno de esos clones se convirtiera en una republicana roja furibunda y detractora de la Corona? Por favor, imaginen un enfrentamiento televisado de Leonor republicana versus Leonor aspirante a reina. El subidón de audiencia no lo superan ni las más escabrosas menudencias de todos los programas basura. ¿Dormirán tranquilos los Príncipes sabiendo que tal posibilidad podría convertirse en real pesadilla? La pequeña Leonor, con los ojitos cerrados, ya anda más cotizada que el propio Jesucristo, traicionado por treinta tristes monedas de plata. De los niños torturados por el hambre ya ni hablamos.