El Correo Digital
Miércoles, 1 de marzo de 2006
 Webmail    Alertas   Envío de titulares    Página de inicio
PORTADA ÚLTIMA HORA ECONOMÍA DEPORTES OCIO CLASIFICADOS SERVICIOS CENTRO COMERCIAL PORTALES
SOCIEDAD
SOCIEDAD
Verdad y felicidad
La persona íntegra es la que pretende conocerse a sí misma como requisito para conquistar una vida más plena y satisfactoria
Imprimir noticiaImprimirEnviar noticiaEnviar

Publicidad

La verdad abre todas las puertas y con ella se puede ir a todas partes. Es uno de esos axiomas que sustentan nuestra vida moral, que circulan por doquier como signo de afirmación ética y también como consejo para enfrentarse a situaciones prácticas de la vida corriente. Todos lo hemos oído formular alguna vez; tal vez también lo hayamos expresado, sea de forma convencida o sea por simple repetición mecánica. Pero ¿es eso cierto? ¿No habrá situaciones en que la verdad, lejos de allanarnos el camino de la existencia, se convierte en un fardo pesado, en una compañía incómoda, en un molesto engorro del que convendría desprenderse?

Según el filósofo norteamericano Michael P. Lynch, autor de 'La importancia de la verdad' ('True to Life. Why Truth Matters', 2004), la respuesta es no. La verdad es buena y provechosa, explica en su libro, y merece la pena afrontarla incluso en aquellas circunstancias en que asumirla se nos antoja complicado porque puede acarrearnos problemas. Consideraciones morales aparte, la verdad es fuente de bienestar y felicidad, asegura Lynch.

Sin embargo, todos hemos vivido experiencias negativas de las que salimos airosos gracias al recurso a la mentira, al autoengaño, a esos pequeños embustes que nos ayudan a digerir los malos tragos. En las relaciones humanas, escribe Graham Greene, la bondad y las mentiras son más valiosas que mil verdades. Se refiere el novelista inglés a eso que habitualmente llamamos «mentiras piadosas». ¿Ganamos algo con alarmar a nuestros seres queridos comunicándoles que atravesamos una etapa de malestar o de estrecheces? ¿Es bueno en toda circunstancia informar de su estado a un enfermo terminal? ¿Qué clase de beneficio obtenemos con reconocer a todas horas nuestros defectos, en vez de aplicarnos una pequeña inyección de autoestima, es decir, de mentira terapéutica para no sucumbir al desaliento?

A este respecto aclara Lynch que no se trata de ir por ahí ondeando la bandera de la verdad contra viento y marea, sino de 'preocuparnos' permanentemente de ella. El hecho de que en la vida práctica hagamos concesiones más o menos estratégicas al engaño o al silencio no significa necesariamente que estemos traicionando a la verdad. Lo que hemos de evitar a toda costa es la renuncia a alcanzar creencias verdaderas acerca de las cosas. Si en un momento dado dulcificamos la opinión severa que nos merece el comportamiento de una persona con el fin de no herirle más de lo inevitable, eso no significa que en nuestro fuero interno hayamos de reducir también la gravedad de esa conducta.

Integridad

Lo importante es, por tanto, mantener una actitud de autoconocimiento que nos incline hacia la búsqueda de creencias verdaderas y hacia el rechazo de las falsas. En eso radica la relación entre verdad y felicidad: en lo que podríamos llamar «integridad». Hay un autoconocimiento práctico que nos sirve para afrontar los problemas y darles respuesta. Por ejemplo, es bueno reconocer que uno tiene exceso de peso porque así acertará a comprarse ropa de la talla que le corresponde; conviene ser conscientes de nuestras limitaciones para no emprender tareas para las que no estamos capacitados y que nos conducirán inexorablemente al fracaso y la decepción. Esta clase de autoconocimiento bastaría para otorgar a la verdad un papel importante en nuestra vida.

Pero la integridad en su sentido más profundo asoma cuando, más allá del autoconocimiento práctico, buscamos las certezas que configuran nuestra identidad personal. Es el «conócete a ti mismo» de los clásicos, la eterna pregunta acerca de quiénes somos planteada por la filosofía. Es cierto que se trata de una aspiración en último extremo imposible de alcanzar. Pero muchas personas prefieren ignorar la verdad por diversos motivos. Unas veces es por inconsciencia irreflexiva, por simple pereza. Otras, por circunstancias externas relacionadas con carencias educativas o de otro tipo: a alguien que pasa hambre no se le puede pedir que deje de buscar alimentos para detenerse a filosofar. La mayoría, sin embargo, se aleja del autoconocimiento por lo que Sartre llamó «mala fe». Se trata de la tendencia a no reconocer que algo nos importa de veras y optar por otras actitudes en apariencia más cómodas -más acomodaticias- pero que a la larga conducen a la escisión interna. Es el caso de quienes adoptan papeles sociales con los que no se sienten identificados o de quienes se niegan a aceptar sus deseos y sus inclinaciones.

La integridad no es forzosamente la virtud granítica e inflexible del que vive al cien por cien de acuerdo con unos principios preestablecidos. La persona íntegra es la que cultiva su 'amor propio' (entendido más como actitud de reflexión sobre uno mismo que como sobrevaloración narcisista del ego) y para ello se orienta hacia el autoconocimiento, es decir, hacia la verdad.

Es cierto que para los caracteres más pesimistas la valoración permanente de la verdad puede conducir al dolor. Hay verdades como puños y verdades que duelen como puñetazos. Lo verdadero siempre es arriesgado. Cuantas más cosas sabemos, mayores son las probabilidades de sufrir por el absurdo de la existencia, por la injusticia o por la crueldad humanas. Pero más triste todavía es optar por ser ciego entre la niebla y pasar por el mundo dando tumbos. A la larga, las creencias verdaderas son preferibles a las falsas porque nos proporcionan un sentido del yo que es condición inexcusable para la conquista de la felicidad. Aunque, por supuesto, no garantice que ese camino vaya a estar alfombrado de rosas.



Vocento
[an error occurred while processing this directive]