Miramos al cielo en busca de inspiración divina. Invocamos a nuestros dioses antes de la batalla. Rescatamos viejas cábalas en busca de un golpe de suerte. En estos días de zozobra, embarcados como estamos en la cruzada por la salvación, la razón pierde peso en su batalla contra la pasión. Malos tiempos para la lírica y para el debate sosegado. Malos tiempos para el fútbol. Todo lo que nos pueda suceder, nos sucederá. No lo duden. Lo raro, en este vía crucis liguero de treinta y ocho estaciones, es sólo un matiz de lo normal. Tras la experiencia tonificante, la transfusión de optimismo y fe protagonizada por jugadores y afición en Santander, llegaba la hora de ahuyentar fantasmas. El día en el que el espíritu de Telmo sobrevolaba La Catedral. Pero el señor del mazo nos golpeó sin piedad. Las famosas dos victorias consecutivas siguen siendo una quimera.
Podemos quejarnos de nuestra perra suerte. Es una terapia tan válida como otra cualquiera para superar el desierto en el que se han convertido nuestros lunes. Hoy nos rasgamos las vestiduras ante la fatalidad de errar un penalti en el último minuto. El colmo de la desgracia en lenguaje futbolero. Plutarco aseguraba que para alcanzar la suerte hay que correr tras ella. Si el filósofo griego hubiera viajado en el tiempo para asistir al partido ante el Villarreal, se hubiera replanteado todas sus teorías al respecto. Porque correr, lo que se dice correr, corren como guepardos hambrientos. Creo más bien, como Cervantes, que la fortuna es «antojadiza y ciega, ni ve lo que hace ni sabe a quien derriba». El domingo nos arrebató lo que nos regaló en Santander. O en Mallorca. O ante el Getafe. No busquemos en los astros la razón a nuestras desdichas.
Ya sabemos que el éxito es una escalera por la que no puedes subir con las manos en los bolsillos. Pero porfiar sin descanso no es suficiente. Podemos peregrinar a la Amatxo como los voluntariosos amigos de la Peña Deusto o fletar autobuses y seguir evangelizando esos campos de Dios en un acto de fe digno de la mejor afición del mundo. Pero es cuando aparece el fútbol que este grupo lleva dentro, como en el inspirador segundo tiempo del domingo, cuando empezamos a ver la luz al final del túnel sin temer que sea la del tren que llega para arrollarnos. Aunque sólo sea un rayo en un año plagado de sombras. Una luz que necesitamos para iluminar a una familia, la rojiblanca, afligida en estas horas de dolor. Va por un Telmo Zarra que, en su último salto (el que le lleva de cabeza al cielo rojiblanco), no viajará solo. Van con él Isidoro Urra y un joven ángel llamado Iñaki Gallastegi. Ondo ibili. No os olvidaremos, leones.