Todos llevamos dentro un primitivo, y algunos lo llevan fuera, en la misma cara, que es la máscara de diario. Lo decía hace poco un psicólogo: la sociedad ha cambiado velozmente en las últimas décadas, pero nuestra estructura bioquímica es la misma desde hace unos cuantos millones de años. Por la derecha y por la izquierda la Humanidad se concibe a sí misma como fruto del Espíritu o de la Cultura. Ambas versiones se identifican en la práctica: es la misma tendencia a fijarnos en el software como algo desligado del hardware. El cerebro no se ve a sí mismo, el cerebro tiene noticias de sí a través de sus fantasmas: imágenes, ideas, discursos, narraciones, razonamientos, símbolos, deseos y sueños. Ése es, ciertamente, nuestro mundo humano, pero desconocer que ese mundo es fruto de la evolución biológica contiene el precio de infelicidad habitual que acompaña al pecado de la ignorancia. El primitivo también sigue sus instintos cuando corre detrás de sus fantasmas, pero los cede como energía para alimentar ídolos: la voz del odio, tan simple, tan fea, tan colosal, suena bajo la bóveda de las grandes abstracciones. Jesús Mosterín ha escrito un libro titulado 'La naturaleza humana' en el que se hace visible que la cultura no tiene sus raíces en el aire, sino en la naturaleza misma. Mosterín retoma los planteamientos de Edward O. Wilson, quien se atrevió a afirmar de nuestra especie que, como las restantes especies del planeta, su psicología está muy influida por los genes. Somos un producto de la evolución, y lo son la forma y las funciones de nuestro cerebro. Para vernos a nosotros mismos hemos de apartar todas las abstracciones: la nación, la comunidad, el pueblo, son entidades estadísticas, nos dice Mosterín. No tienen cerebro, y por tanto no pueden tener libertad, cultura, lengua ni religión, que son atributos del cerebro. Los grandes moldes culturales, sociales deben adaptarse al individuo y no a la inversa como sucede en los totalitarismos nacionalistas o religiosos. El libro de Jesús Mosterín es un instrumento para ver, pero hay en nosotros una tendencia innata (primitiva) a creer que nuestros fantasmas son, no un producto de la realidad, sino la realidad misma. Nuestro propio cerebro nos traiciona. También las complejidades de nuestra naturaleza social, a la que intentamos satisfacer o acaso engañar estableciendo vínculos con abstracciones manipulables. Pero los trabajadores de la empresa Barrenechea y Goiri, contra la que ETA atentó el miércoles de la semana pasada, no parecen creer en El Pueblo, ese ente sobrenatural, casi eterno, de esencia inmutable, que exige sacrificios. Acaso porque ellos forman parte del pueblo, un grupo de individuos a los que les quieren volar sus puestos de trabajo.