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Viernes, 24 de febrero de 2006
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Muere Zarra, el caballero del gol
El legendario ex delantero del Athletic y de la selección española falleció ayer a los 85 años, tras sufrir un infarto en su domicilio de Bilbao Fue seis veces máximo goleador de la Liga, un registro irrepetible
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El gol más famoso de la historia de la selección española

Maracaná, 2 de julio de 1950: Zarra consigue ante el guardameta Bert Williams el gol del triunfo de España sobre Inglaterra en el Mundial de 1950.

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Telmo Zarraonaindia, uno de los grandes mitos del fútbol español y una de las cuatro figuras indiscutibles del santoral del Athletic junto a Pichichi, Gainza e Iribar, falleció ayer en su casa de Bilbao, apenas un mes después de cumplir los 85 años. El corazón del legendario delantero, generoso motor de una carrera irrepetible, dejó de latir a mitad de la tarde, fulminado por un infarto. Los esfuerzos por reanimarle realizados por el personal de de la unidad medicalizada que se desplazó de urgencia a su domicilio resultaron vanos.

La muerte Zarra deja un vacío irreversible en el Athletic y en el deporte en general. Futbolista ejemplar por su categoría humana y profesional, fue atacado desde niño por el virus del fútbol y el afán de emular a sus ídolos. En su caso, eran las grandes estrellas -Lafuente, Unamuno, Bata, Chirri y Gorostiza- del Athletic triunfal de los años treinta. «Yo era un loco. Estaba todo el día detrás del pelotón», aseguraba en 1998, en la última entrevista concedida a este periódico en la que también recordaba su ilusión enfermiza por vestir de rojiblanco. «Estando en la escuela de La Campa vimos varias veces a los campeones pasando en el autobús. Salíamos corriendo detrás de ellos. A mí me daban una envidia tremenda».

En aquellos años de su infancia, que transcurrió en Asua, donde su padre era jefe de estación, sus compañeros del equipo Pitoberese le llamaban 'Telmito el miedoso' porque era todo precaución. No metía la pierna ni a tiros, huía de las tarascadas como de la peste y tenía un aire tímido y asustadizo que parecían descartarle para empresas de alto rango en el mundo del fútbol. Sin embargo, su afición desbordante por el deporte que le convertiría en leyenda acabó por imponerse a las flaquezas de su carácter. Y, a los 18 años, logró dar el salto de su vida: pasó del Erandio al Athletic; un Athletic, el de la temporada 1939-40, que intentaba resurgir sobre las ruinas de la Guerra Civil.

Un nuevo Athletic

Los ojeadores de talentos, seguramente con el instinto aguzado en aquellos años de hambre y estraperlo, realizaron un trabajo irreprochable en la formación de la nueva plantilla rojiblanca, que sólo conservaba a cuatro jugadores del equipo anterior a la contienda -Gorostiza, Gárate, Oceja y el joven Urra- y a un veterano legendario repescado del Betis: Unamuno. Y es que había mucha calidad y mucho futuro encerrado en aquellas promesas: Bertol, Nando, Iriondo, Panizo, Gainza, Zarra... De este último, ya nadie podía decir que era 'Telmito el miedoso', aunque conservaba un espíritu precavido que nunca le abandonó. Era un chicarrón fuerte que, a base de partidos y sesiones de tiro con sus hermanos en las campas de Mungia, a donde su familia se había trasladado siguiendo al padre ferroviario, había acabado por desarrollar un instinto misterioso, ése que lleva a algunos elegidos a convertir en rutina lo que para el resto de los mortales es un sueño inalcanzable: el gol.

Zarra no era un prodigio técnico. El balón, según confesión propia, le quemaba en los pies. Pero tenía un sexto sentido prodigioso para intuir el final de las jugadas o la dirección última que adquiriría el balón. Aparte de eso, era un rematador formidable, tanto con la cabeza -la segunda mejor de Europa después de la de Churchill, se dijo entonces- como con los dos pies. Para mejorar su disparo hacía horas extras después de los entrenamientos y utilizó toda su vida deportiva uno de esos trucos que no se sabe si son una manía tonta o un descubrimiento sensacional: utilizaba unas botas de un número inferior al suyo y las iba modelando poco a poco. Decía que así empalmaba mejor.

La década prodigiosa

Sus éxitos no tardaron en llegar tanto en el Athletic como en la selección española. De la mano de Juanito Urquizu, los rojiblancos ganaron una Liga (1942-43) y tres títulos de Copa, en 1943, 1944 y 1945. Aparte de ello, disputaron las finales de 1942 y 1949. Realmente, fue una década prodigiosa para el club bilbaíno que vino a concluir en 1950, un año clave en la carrera de Telmo Zarra. No en vano, fue el protagonista absoluto tanto de la final de Copa ante el Valladolid, en la que marcó cuatro goles, como de la victoria de España ante Inglaterra en Maracaná, durante el Mundial de Brasil, haciendo el gol más famoso de la historia de la selección: su toquecito a bote pronto ante Williams.

Fue un gol que le encumbró pero que no le cambió.Y es que Telmo Zarra siempre tuvo las cosas claras. Siempre supo que él, dentro del equipo, no era más que la mano ejecutora, el encargado del golpe de gracia. Lo importante era el colectivo, perfeccionar la compenetración con sus compañeros, con Iriondo, Elices, Garate, más tarde Venancio, Panizo y, sobre todo, con Piru Gainza, su lugarteniente, el hombre al que le guiñaba el ojo cuando se acababan los abrazos del gol y ambos volvían a alinearse junto a la raya del centro del campo para continuar el juego. «Teníamos nuestras señas para engañar al contrario, un código secreto. Si hacía la señal de que me pasaran a la cabeza, por ejemplo, es que quería que me la pasasen por abajo. Y más cosas. En los 'freekicks' (los libres directos) y en los corners siempre sabía a dónde me iban a lanzar la pelota», recordaba en aquella entrevista antes citada.

La leyenda de Zarra, que trasciende con mucho el ámbito del Athletic hasta ocupar un lugar de privilegio en la historia del fútbol español, no sólo es la del goleador letal sino también la de un caballero intachable dentro de los terrenos de juego. Y es que el delantero centro rojiblanco era un ejemplo de rectitud y espíritu deportivo. No es extraño que, durante la larga postguerra, el franquismo le utilizara como uno de los iconos del país.

La retirada

A lo largo de sus quince temporadas en Primera, Zarra sufrió marcajes implacables. Algunos, casi criminales. Le rompieron los ligamentos de la rodilla, la clavícula, le desgarraron un muslo y le abrieron la frente y la cabeza varias veces. Él, sin embargo, nunca aireó sus protestas ni se tomó venganza. De hecho, sólo le expulsaron una vez y fue por un malentendido en la final de Copa del año 1949. El Athletic se enfrentaba al Valencia. Zarra acababa de recibir una durísima entrada de Álvaro; tan dura que hasta el propio central del equipo ché se lesionó en la jugada y quedó tendido en la hierba. Gainza se acercó entonces a su compañero y le dio uno de sus consejos de purasangre: «Písale la cabeza». El ariete rojiblanco hizo el amago de pisarle y sonrío resignado. Confundido, Pedro Escartín creyó que Zarra e había tomado la justicia por su mano y le expulsó. Un notición.

Tras conquistar una Liga y cuatro Copas, convertido en un mito, Telmo Zarra dejó el Athletic en 1955. Eneko Arieta, fallecido hace poco más de un año, le sustituyó con el número 9. Su último contrato fue de 825.000 pesetas anuales más derecho a homenaje. Teniendo en cuenta que el primero había sido de 50 duros estaba claro que había prosperado. Zarra siguió jugando un tiempo en el Indautxu y en el Barakaldo, dos equipos menores para quien era una gloria nacional, el mayor goleador de la historia del fútbol español.

Sus cifras, de hecho, siguen abrumando a pesar de los años transcurridos: seis veces máximo goleador de la Liga, es decir, Pichichi; 253 goles en 279 partidos de Liga; 81 en 74 encuentros de Copa; record de goles (38) en un campeonato. El fútbol, en fin, ha perdido a un grande. San Mamés, que le homenajeó en agosto de 1997 y al que él acudía con la nostalgia irreprimible de todos los ex jugadores, ya le tiene en su memoria.



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