A los que no tenemos afición al deporte en general ni al fútbol en concreto, el comportamiento de los que sí la tienen no deja nunca de llenarnos de estupefacción absoluta. Comprobar a diario cómo les va la vida en ello, cómo sufren, en qué estado lamentable exhiben sus caras cuando regresan del campo si su equipo ha perdido y al final cómo ingresan en la cama para dar vueltas de insomne a ese fuera de juego que les ha pitado (porque se lo ha pitado a cada uno de ellos en concreto) el hijo de perra del árbitro, todo eso nos resulta incomprensible a quienes nunca le hemos encontrado el menor interés a ese baile majara arriba y abajo tras un balón de cuero.
No se me enfaden los aficionados ni tomen estos comentarios como una afrenta personal: seguramente la culpa es mía por no poseer el don del delirio aficionado y aburrirme como una legión de ostras tras un par de minutos intentando desvelar lo que puede tener de fascinante el llamado deporte rey. La mayor parte de mis amigos y conocidos consideran mi postura una extravagancia personal y a veces incurren en la sevicia de contarme los avatares del equipo local olvidando que me importan un rábano. He asistido a debates en la tasca dignos de una sesión parlamentaria y me he sentido como el célebre pulpo en el célebre garaje. Y lo que menos entiendo es esa pasión arrebatada e incontrolable que emplean para comentar ese fallo de la defensa o ese pase aturdido que no llegó a su destino porque se perdió entre las piernas del delantero centro.
Y escribo que la culpa debo de tenerla yo porque incluso intelectuales y artistas a los que admiro incondicionalmente pierden la sesera ante un partido de su equipo y se comportan como energúmenos angelicales con la calma extraviada entre prolijos comentarios de índole técnica que me dejan perplejo. Están hablando de un fuera de juego como si estuvieran comentando un párrafo de Kant con anotaciones a pie de página incluidas y se dejan llevar por el frenesí hasta extremos impropios de su condición de sabios. He conocido incluso a un catedrático de Filosofía de impecable trayectoria y profundos conocimientos exigir a grito limpio a la salida de un partido la inmediata ejecución de un árbitro sin juicio previo. Dicen que se trata del desahogo de las tensiones acarreadas durante la semana y es probable que se trate de eso, pero podrían desahogarse de una manera un poco más discreta: cuando he asistido a un concierto de rock que no he ha gustado nunca he solicitado que al guitarrista le corten las manos por haber errado un acorde. Raro que soy, me temo.