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Lunes, 20 de febrero de 2006
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«Ojalá te mueras sola»
Una madre relata cómo pidió el ingreso de su hijo tras llevarla «al límite»
ACOGIDA. Una joven, ingresada en un centro de menores. / AFP
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La noche en que María decidió ingresar a su hijo en un centro de acogida fue la más dura de todas. «La situación ya no podía sostenerse y tomar esa determinación fue algo tremendo», recuerda hoy, a cuatro meses de una madrugada tan larga como «terrible». Hubo médicos y un psiquiatra, un intento de denuncia -«porque en la comisaría estaban muy ocupados»- y una espera de cuatro horas hasta que un coche de Policía se lo llevó.

Ella, que ha accedido a contar su historia con la condición de preservar su verdadera identidad, repasa los hechos que la pusieron «al límite» y desembocaron en una solicitud excepcional de guarda en una institución, ya que no desprotegía a su hijo ni era debida a falta de medios: «Tenía trabajo estable, vivienda y una situación media buena», precisa. «Mi hijo tiene quince años y está aprendiendo lo que es vivir sin mí. Quizá sea la mejor enseñanza, porque las palabras y los consejos nunca sirven».

Antes de aquel momento, «hubo de todo». Desde los primeros desaires, «cuando apenas era un crío y tú piensas que, simplemente, es cabezón», hasta un enfrentamiento física en la que ella terminó en el suelo. «Estábamos discutiendo y me empujó. Me golpeé la espalda contra el pico de una ventana y me hice pis. Los médicos me explicaron después que es una reacción normal del cuerpo ante un dolor muy intenso, pero yo no lo sabía y me sentí muy mal. Me resbalé. Caí al suelo. Y él se fue dando un portazo».

Con la respiración entrecortada, María llamó a una amiga. Hubo hospital y tratamientos. Estuvo de baja quince días. «Sin embargo, cuando volvió a casa, Pablo me pidió disculpas -aclara-. Pero nadie en este mundo puede escayolar un corazón y enseñarlo a los demás para que comprendan su dolor».

El portazo de ese domingo no fue el único que dio su hijo. «Una vez sacó la puerta del quicio». No obstante, la violencia de Pablo «no era tanto física como psicológica». Esta última, «constante». «Sus palabras, afiladas como cuchillos, dolían más que cualquier golpe. Frases como 'que te jodan' o 'eres de lo peor' eran habituales». También las amenazas: «Si me castigas y te vas, cuando vuelvas no sabes lo que puedo hacer». Todavía recuerda con tristeza el día en que Pablo le dijo: «Ojalá te mueras sola en una residencia sin que nadie te atienda».

María se lamenta y, por momentos, su pasado le parece mentira. «Cosas así te hieren hasta el fondo y lo peor es que no te das cuenta. No lo ves hasta que estás hundida». En su caso, el hostigamiento se transformó en depresión. «Me pasaba el día llorando, pero tenía que seguir haciendo las cosas cotidianas. Aun cuando ha habido momentos en los que quería morirme porque no podía más». Removió cielo y tierra en busca de ayuda. «Asistí a todos los sitios que me dijeron, a todas las terapias que me recomendaron, aduciendo que yo también tenía que cambiar la relación con mi hijo. Dieron vuelta mi vida para arriba y para abajo, una y otra vez, pero los organismos tienden a hacerte creer que tú no has acertado con la educación que has ofrecido a tus hijos».

Los psicólogos sostenían que al menor «no le pasaba nada» y nunca lo llevaron al psiquiatra, pese a la insistencia de Mariela. Por eso, ella acudió a la Fiscalía de Menores y consiguió que el chaval fuera examinado. El psiquiatra forense determinó que Pablo sufría un trastorno antisocial de la personalidad. «Mi hijo es cruel y malévolo; es un chaval antinormas», resume ella. «Y sin embargo, para solucionarlo, todo se reduce a sesiones en las que me siento culpable y presionada».

«Sepárese de él»

También se sintió fatal cuando, aquella noche de octubre en que se lo llevaron, la psiquiatra que atendió a Pablo le dijo que éste iba a por ella: «Sepárese físicamente de él, porque le va a hacer mucho daño». Pablo lleva cuatro meses en un centro de acogida y todavía le quedan seis. Ha sido expulsado varias veces del colegio al que acudía. La última, tras un episodio de violencia con otro compañero, fue definitiva.

«Todo ello derivó en una situación tremenda», rememora la madre. «Los psicólogos me encontraban muy mal, pero no me daban soluciones. Uno me aconsejó el ingreso en una clínica para descansar, pero yo seguía llamando a mi hijo por las noches y los fines de semana lo veía». Su batalla personal se divide en dos frentes. Por un lado, recuperar al muchacho, cuyo comportamiento ha derivado, más de una vez, «en tener a la Policía en casa». Por otro, las instituciones, donde su tenacidad «no es entendida». «No me importa lo que piensen de mí -aclara-. Quiero a mi hijo, quiero ayudarle y que le ayuden. Me dejaré la piel si hace falta. ¿Es que nadie se entera de que hacen falta centros para niños con trastornos, donde exista gente preparada para tratarles y hacer de ellos personas de bien y de provecho? ¿A qué esperan, a que lleguen a adultos y sean irrecuperables?».

En medio de su discurso aparece también el sentido de culpa, porque sólamente escucha que los padres son los responsables. «Nadie puede decirme que en mi casa no ha habido diálogo o falta de atención. No he sido benevolente ni férrea. No le he alentado a comprar cosas a capricho, ni tiene todo lo que quiere, pero sí lo suficiente, como el móvil o el ordenador. Cuando le pregunto por qué pasa de ser educado y amable a comportarse de una forma tan cruel, Pablo responde que le encanta llevarme al límite»

-¿Desea usted que vuelva a casa?

-Claro, con todo mi corazón, pero no puedo permitirle que pise mi dignidad. Si ahora no consigo que reflexione y piense en las consecuencias de sus actos, ¿qué va a ser de él cuando crezca? Nunca se habla de las obligaciones de los niños y creo que debería ser una asignatura obligatoria en los colegios.



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