Un día no pudo más. Dijo adiós a Murcia, su ciudad natal, y a veintidós años de clichés masculinos, quemó las fotos que lo atestiguaban y se subió a un tren. Al descender en San Sebastián, José se había convertido definitivamente en Ana -dos nombres ficticios que preservan su intimidad-. Entonces, con tanta ansiedad como miedo, se dirigió a una 'boutique' de ropa femenina. Hizo acopio de vestidos, camisetas y pantalones, dispuesta a asumir su nueva identidad. La dependienta se le acercó, y temió el reproche. «Al probador, cuatro prendas como máximo», le espetó si más. «¿Buaa! Me gasté una pasta», recuerda ahora divertida.
Porque él, ella en realidad, siempre fue consciente de su conflicto. «Mi problema radicaba en el rechazo que me producían mis genitales, algo contra lo que no podía enfrentarme», explica. A pesar de su aspecto afeminado, sabía que no se trataba de una mera cuestión de homosexualidad: «Al no obtener placer de ellos, deduje que no lo era». La disociación entre su cuerpo y el sexo que ella sentía implicaba una lucha sorda y también muda. «En mi familia no existía la suficiente comunicación para explicar algo así».
Por supuesto, tampoco había revelado que en sus años de colegio había sido víctima de frecuentes golpes e insultos ante la pasividad de algunos profesores. El acoso acabó cuando llegó a la Universidad, donde comenzó a estudiar Económicas. Le beneficiaba el anonimato de las clases amplias, la moda de la ambigüedad y, además, tenía el último refugio en su habitación, los libros, los poemas. A veces, no se resignaba y buscaba la complicidad en los canales de Internet. Pero cuando revelaba su condición de transexual los interlocutores se volatilizaban.
Hasta que el tren paró en la estación de San Sebastián, hace dos años. Eligió la capital guipuzcoana para empezar una nueva vida y su proceso de cambio biológico porque en esta ciudad se encuentra la Asociación de Gays y Lesbianas Gehitu, de la que había oído hablar gracias a los foros cibernéticos. La misma entidad que esta semana acoge un congreso sobre las diversas vertientes del fenómeno transexual. Las jornadas culminan hoy con una mesa redonda dedicada al análisis de la Ley de Igualdad de Género, una iniciativa que se debatirá próximamente en el Congreso y que permitirá, entre otras cosas, que los transexuales puedan cambiar su nombre y su sexo en el Registro Civil y en el DNI aunque no se hayan sometido a una operación quirúrgica.
Ana colabora con Gehitu, participa en charlas y congresos y asiste a personas con el mismo problema que acuden a la organización solicitando asesoramiento. «Hay mucha confusión en torno a la transexualidad», explica. «Una cosa es la orientación sexual y otra la identidad sexual. Se puede ser transexual femenina y lesbiana o masculino y homosexual, o heterosexual en ambos casos».
Desde que llegó al País Vasco en 2004, ha trabajado en hostelería y también ha hecho sus pinitos como modelo. ¿Y la familia? ¿Cómo reaccionó ante la huida? «Contrataron a un detective y me localizaron a los quince días de mi fuga». Aquella conversación tanto tiempo pendiente tuvo lugar por teléfono y no hubo reproches, tan sólo el consejo de que retomara sus estudios de Económicas y la promesa de total apoyo.
Una envidiable talla 38
Hace unos meses volvió a reunirse con los suyos: «Mi madre está muy orgullosa de mi valentía, mi hermana, que es un poco regordeta, me dice qué asco, vaya cuerpazo que tienes, te vale todo». Pero la mayor sorpresa se la ha proporcionado su padre. «Es increíble, pero no me ha vuelto a hablar en masculino». Tan sólo su abuela desconoce las novedades. «Tiene ochenta años y no lo entendería».
Las vecinas nunca han visto nada que desafine en esta joven con aspecto adolescente que luce una envidiable talla 38, aunque en estos dos años su aspecto físico ha cambiado notablemente. El pasado agosto, tras un informe psicológico positivo, empezó a hormonarse y el cuerpo inició la gradual transformación hacia su definitiva apariencia femenina. Su rostro adquirió redondeces y el vello corporal se redujo progresivamente. También los muslos, las caderas y el busto aumentaban, y los pezones demostraban una evidente sensibilidad: «Lo que más me chocó es que no retenía líquidos, lo que nos pasa a las mujeres, que vamos cada dos por tres al baño».
El proceso también desencadó la pérdida de la líbido, pero su vida sentimental se ha recuperado satisfactoriamente. Ana ha mantenido relaciones breves, nunca consumadas plenamente, con hombres que creían hallarse ante una joven atractiva de difuso origen sureño. «Incluso he ido al baño con ellos», aunque matiza: «La típica imagen del transexual orinando de pie queda cómica, pero no es real».
También ha recibido otro tipo de proposiciones. En varias ocasiones le han sugerido que se dedique a la prostitución para pagarse la operación de cambio de sexo, pero descarta esa fuente de ingresos. Aunque no existen estadísticas fiables, las fuentes consultadas aseguran que la mayoría de las personas afectadas recurre a esta salida para abonar una intervención que supera los 12.000 euros.
La próxima primavera entrará en el quirófano, en una clínica privada de Barcelona. La vaginoplastia, la cirugía de reasignación de sexo, la dotará de vagina, labios y clítoris, y no teme los riesgos: «Muchas no se atreven Yo, aunque sólo hubiera una posibilidad sobre diez de que saliera bien, lo intentaría». En Andalucía, este tipo de intervenciones ha sido asumido por las instituciones sanitarias autonómicas y las operaciones se realizan en Málaga, «pero la lista de espera es de dos años».
Humillaciones cotidianas
Mientras tanto, continúa con un tratamiento que exige la supervisión permanente del médico endocrino. Una de esas humillaciones cotidianas que sufren personas como ella tuvo lugar en la consulta del especialista. «Le dije a la encargada de recepción que, cuando me tocara el turno, sólo dijera mi apellido, pero, llegado el momento, mencionó bien alto el nombre y todo el mundo se volvió cuando me llamaron», lamenta.
Entre los planes de Ana no se encuentra recurrir a la silicona o disminuir la nuez, como hacen otros pacientes con mayores evidencias masculinas. Pero, ¿y después, qué? «Uff, no quiero hacer muchos planes, ya basta de sueños y decepciones». Posiblemente, proseguirá sus estudios y, algún día, gozará de relaciones sexuales plenas. «Ahora no puedo, tendría que utilizar algo que no acepto, que me da asco».
En cualquier caso, Ana, que no deja de sonreír, reconoce que algo ya ha cambiado, que ha ganado un buen pedazo de libertad y autoestima: «Antes me escondía de los espejos y ahora me paro delante de todos los escaparates. Porque ahora sí me gusta contemplarme».