La furgoneta cargada de explosivos que ETA hizo estallar en la noche de ayer en una discoteca en la localidad navarra de Dantzarinea, junto a la frontera con Francia, testimonia, una vez más, que los tiempos del terrorismo sólo se rigen por la capacidad de destruir y amedrentar, unos instrumentos que la banda criminal se niega a abandonar por mucho que la presión judicial, social y policial la conduzcan a la extinción. ETA se resiste a la desaparición y a medida que aumenta su debilidad vuelca sus esfuerzos en extorsionar y amenazar para perpetuarse recurriendo al más reprobable estilo mafioso.
El atentado de ayer, el tercero cometido contra una discoteca navarra, coincide en el tiempo con la celebración del III Congreso Internacional de las Víctimas del Terrorismo y con el décimo aniversario del asesinato del ex presidente del Tribunal Constitucional Francisco Tomás y Valiente. Y aunque interpretar la lógica terrorista es un ejercicio estéril, no cabe duda de que la explosión de Dantzarinea es una ofensa más, un recordatorio cruel para quienes han sufrido su violencia criminal y aún la padecen en sus propias secuelas o en el dolor de la pérdida. Una bomba que añade, por si hiciera falta, una carga extra de razón a las dos premisas fundamentales que sustentan la dignidad de las víctimas: la solidaridad y el apoyo activo de la sociedad y las instituciones, tanto a su memoria como a la pervivencia de su sacrificio y su protagonismo frente al terror; y el compromiso de que jamás serán utilizadas ni con fines políticos ni como factor de negociación.
Estas dos circunstancias contrapuestas, la de una sociedad que intenta articularse frente a la destrucción y el asesinato, que pretende recoger la experiencia trágica de una parte de sus ciudadanos para robustecerse y crecer en justicia, y la de una banda terrorista que aplica su único procedimiento, el coche bomba, evidencian tan nítidamente la realidad, que es inexplicable el ambiente de enfrentamiento y confrontación que agita a los dos principales partidos. No puede haber otro mandato que la unidad y la reconstrucción de unas confianzas imprescindibles en momentos decisivos. Hay tanta superioridad ética y moral en las víctimas reunidas ayer en Valencia, que no cabe más actitud que aplicar el Estado de Derecho. Y que ETA y sus bombas desaparezcan.