Ustedes recordarán el caso de aquel presidente estadounidense de voz ronca y cara de no haber aprendido a afeitarse que fue destituido del cargo por colocar micrófonos en la sede del Partido Demócrata para espiar a gusto lo que decían sus oponentes en el curso de la campaña electoral. Richard Milhous Nixon tuvo que salir de la Casa Blanca por la puerta de atrás, subir a un avión oficial y perderse en su rancho hasta que la dama de la guadaña tuvo a bien hacerle la última visita varios años después. Lo que bien mirado no pasaba de ser un delito menor comparado con otros que cometió en el transcurso de su cargo hasta la derrota final, le costó el puesto y un lugar en la historia bastante deslucido. Eran otros tiempos.
Sin embargo años más tarde ocupó el Despacho Oval otro tipo del mismo partido llamado George Walker Bush, que dedicó y por desgracia sigue dedicando su mandato a organizar sangrientas guerras, destinar a esos empeños bélicos buena parte del erario público, desmantelar la red sanitaria, encarcelar bajo siete mil llaves a prisioneros que pasaban por allí, admitir torturas y otros quebrantos, invadir territorios y poner en estado de alerta guerrera a millones de ciudadanos encolerizados, por no mencionar otras vistosas afrentas a la vida civilizada. Y ahí está, impasible como la puerta de Alcalá, paseando al perro en su rancho apacible mientras su amigo el vicepresidente se dedica a pegar tiros por equivocación a sus compañeros de cacería. Qué pareja, Dios mío. No hay por dónde cogerla.
Comparado con Bush, Richard Nixon no pasaba de ser un truhán de baja estofa, aunque pertinaz como ninguno a la hora de quebrantar las leyes. En lo que insisto es en el hecho de que George W. Bush sigue ahí mientras los sectores más razonables de su país claman inútilmente para que se vaya. No hay día en que no se descubra una prueba de su incompetencia, ya sea a la hora de organizar un apocalipsis o a la de enfrentarse a un desastre telúrico o a la furia del mar. No es de extrañar que los expertos en estas cosas le hayan otorgado el penoso título de peor presidente de la Historia, y eso que aún le queda tiempo de sobra para superarse a sí mismo. Quizá llegue el día en que mister Bush abandone la Casa Blanca por la puerta de atrás como aquel otro malhadado personaje, suba a un avión y se pierda entre las nubes de camino al rancho. Mientras tanto todo seguirá como hasta ahora. O peor si cabe, si es que es posible que lo pésimo empeore.