El Correo Digital
Miércoles, 8 de febrero de 2006
 Webmail    Alertas   Envío de titulares    Página de inicio
PORTADA ÚLTIMA HORA ECONOMÍA DEPORTES OCIO CLASIFICADOS SERVICIOS CENTRO COMERCIAL PORTALES

DEPORTES
ANÁLISIS
Los tipos duros no sonríen
Imprimir noticiaImprimirEnviar noticiaEnviar

Publicidad

Hace un tiempo les hablaba de los puntos adicionales que el Athletic obtiene en cada temporada por la particularidad de que sus jugadores son de la casa, y se sienten especialmente responsables ante una afición formada, en primer lugar, por sus familiares y amigos, por sus vecinos que les alientan cada día en el barrio, en el bar, por todas esas personas que los miran con simpatía y les hacen sentir la suerte que tienen por representarnos a todos. Es una de las razones por las que siempre hemos estado en Primera. Pues bien, el partido de Málaga es un buen ejemplo de lo contrario, de cómo, a veces, un viejo soldado de fortuna, que ha alquilado su espada al mejor postor y ha peleado en cien batallas con diferentes mesnadas, un modesto mercenario que nunca fue un estilista pero pelea con toda su alma, un jugador incómodo, que siempre va al choque, mete los codos, se cuelga sobre los hombros de los rivales, se tira de cabeza para llegar al balón o fingir un penalti, puede hacer una avería a una defensa muy poblada, pero compuesta por buenos muchachos. Es el triunfo del pandillero, del soldado viejo de Flandes que sabe sacar ventaja porque se entrega en cada choque con los cinco sentidos. Salva Ballesta es más torpe que la mayor parte de los nuestros, seguramente menos inteligente, tiene la cuarta parte de clase, es un antiguo, una especie de legionario civil, un secundario de Pérez Reverte, pero en su mirada sólo está la portería, y sale disparado, como por efecto de un resorte, desde cualquier posición hacia el remate.

Estas líneas no están pensadas para el elogio de la tosquedad o la marrullería, sino como reflexión sobre los beneficios de la concentración y la voluntad. Son también el lamento de que seamos a veces tan blanditos, tanto, que nos pueden meter tres goles en los únicos tres lanzamientos a balón parado con los que nos llega el colista (uno fue anulado con toda justicia, pero ya estaba adentro, y el árbitro no siempre lo pita todo). Somos tan comedidos que no daríamos un empujoncito a la máquina de petacos. Al final de la primera parte, camino del vestuario, Salva aprovechó para trabajarse al árbitro, que ya le había anulado un gol con toda justicia, pero él, lejos de enfadarse, procuraba caerle simpático porque le quedaban tres o cuatro empujones en la segunda parte, y confiaba en que el árbitro acabaría perdonándole uno. No lo necesitó, porque su gol definitivo fue legal (aunque imaginaria la falta que lo originó). Bastó con que les ganara en picardía a todos nuestros innumerables defensas centrales, y al resto de jugadores que bajaron a defender el golpe franco. Sólo los espectadores vimos por dónde venía el peligro. Cuando remató, Salva estaba incomprensiblemente solo, lo hizo sin oposición ninguna.

Sigo pensando que los jugadores del Athletic sacan varios puntos adicionales en cada temporada por su implicación especial con el equipo, pero tal vez esa ventaja se esté reduciendo por una de las peculiaridades de los tiempos: las nuevas generaciones maduran más tarde. Precisamente la responsabilidad de representarnos a todos puede llevar a los jugadores, cuando las cosas se tuercen, a la perplejidad y el bloqueo. Los nuevos jóvenes tienen mayores dificultades para sobrellevar las adversidades, incluso los más ligeros contratiempos. A veces se angustian, o les da la risa tonta de pura impotencia, como a Yeste, que no jugará contra el Madrid por una bobería adolescente. A Salva, que es un perro viejo, nunca le daría la risa tonta en el trabajo, porque tiene todos los músculos de la cara ocupados en apretar la mandíbula.




Vocento
[an error occurred while processing this directive]