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Viernes, 3 de febrero de 2006
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SOCIEDAD
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«El pueblo saharaui no puede hablar y nosotros cubrimos ese vacío»
La enfermera guipuzcoana Gurutze Irizar recibió ayer el Premio al Cooperante otorgado por el Gobierno vasco Ha colaborado con los refugiados durante treinta años
«El pueblo saharaui no puede hablar  y nosotros cubrimos ese vacío»
RECONOCIMIENTO. Gurutze, emocionada, recibe un gesto de cariño de su hija. / IOSU ONAINDIA
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La grabación del contestador telefónico de Gurutze Irizar solicita un mensaje en euskera, castellano y hasania, el dialecto árabe que se habla en el Sahara atlántico. Las tres lenguas forman parte de la cultura y la vida de la última ganadora del Premio Cooperante Vasco. Ayer, esta enfermera de Ormaiztegi recibió de manos del lehendakari Ibarretxe un reconocimiento a más de treinta años de dedicación a la causa de un pueblo lejano, pero del que ella y su familia se sienten parte. «Porque aquello forma parte de nosotros, sufrimos con su situación y nos condiciona el día a día».

Sin embargo, ese largo compromiso no parte de una conciencia social o política. A principios de los la década de los setenta, esta guipuzcoana ejercía su profesión en Tenerife y allí entabló contacto con varios estudiantes de la antigua colonia. Entonces supo de sus problemas. «Me pareció terriblemente injusto lo que estaba pasando, la opresión, la negación de sus derechos y la ocupación marroquí».

No lo dudó. Tenía 24 años y dejó su trabajo, el coche aparcado en la calle y, sin avisar a su familia, voló hasta los territorios ocupados cuando la Marcha Verde marroquí desbordaba la frontera del hasta entonces Sahara español. Frente a «los desarrapados exaltados que mostraban los telediarios», Gurutze fue testigo de la otra ocupación, la militar. «Fue horrible».

Una boda con napalm

En aquellos tiempos de pánico y huida, se casó con Mohammed Salem Hach Embarek, también conocido como Pakito, futuro diplomático de la República Árabe Saharaui Democrática (RASD). Dicen sus amigos que contrajeron nupcias mientras los aviones, cargados con napalm, atacaban a las columnas de refugiados.

El siguiente acercamiento a la realidad saharaui de Gurutze se produjo desde Argelia, en el auxilio a los desplazados perdidos en la inmensidad. «Formábamos convoyes nocturnos que los transportaban a lugares seguros, pero no podíamos desplazarlos a todos de golpe porque habríamos sido un blanco perfecto», recuerda.

Los siguientes quince años transcurrieron en el desierto de Hamada, ese infierno al que los saharauis enviaban a sus enemigos cuando maldecían y al que el destino los condujo realmente. «Había que hacer de todo, atender a los heridos de la guerra que estalló entre el Ejército marroquí y el Frente Polisario, a los niños que enfermaban y también a las mujeres que parían». No había medios y de vez en cuando llegaban cajas de la Cruz Roja «con anticonceptivo o medicamentos para infartados».

Volvió a España en 1989, con su hija Garazi y a punto de nacer Beñat. «No me encontraba bien de salud», explica. Confiaba en que la separación sería corta porque el referéndum parecía inminente y, por tanto, el seguro triunfo en las urnas garantizaba el nacimiento del Estado, el retorno, una vida normalizada.

Orgullosa

Pero Rabat dilató un proceso que aún carece de solución.Hoy, de nuevo en Ormaiztegi, se siente orgullosa de lo que el tesón de los refugiados ha conseguido. Toda la población infantil se encuentra escolarizada y vacunada, disfruta de veranos templados en hogares de acogida, y los jóvenes, hombres y mujeres, estudian en universidades extranjeras con el ánimo de generar cuadros para una futura Administración propia.

Como presidenta de la Asociación guipuzcoana de Amigos de la RASD, promueve campañas y manifestaciones de apoyo, y da cuenta de las protestas en El Aaiun y de la situación de los desplazados. Cuando lo permiten sus obligaciones laborales en el hospital de Zumarraga, se traslada con sus hijos hasta los poblados, donde todos la llaman Fatimetu y los dos muchachos recuperan su otra identidad, la árabe y nómada. «Aquel pueblo no tiene la oportunidad de hablar y nosotros cubrimos ese vacío», asegura. «Y denunciamos la injusticia que sufren».




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