En ese lamentable episodio de la desaparición de una escultura de Richard Serra lo más triste no es sólo la pérdida o el robo de una formidable obra de arte, sino también el reflejo del deplorable funcionamiento de una institución museística de primera fila. Y no lo digo tanto por la imposibilidad física de albergar en depósitos propios y seguros el contenido de una amplia e importante colección pública, como por la evidencia de que la desaparición de una pieza de 38 toneladas demuestra la ineficiencia del sistema de registro del museo, la desidia funcionarial en la dirección de un centro cultural y hasta la escasa calidad en la gestión de una política concreta de conservación del patrimonio artístico.
De hecho, no tiene perdón el que no aparezcan en el museo las facturas del pago del depósito en la empresa Macarrón desde 1992, cuando la obra se entregó para su custodia dos años antes o cuando la propia empresa depositaria suspendió pagos en 1998. De igual manera, resulta inexplicable que en plena modernidad tecnológica un centro público de la importancia del Reina Sofía no tenga en sus sistemas informáticos un detalle preciso y en tiempo real de todos los movimientos que afectan a las piezas de su colección. Un episodio verdaderamente lamentable, insisto, que afecta gravemente al prestigio de un centro concreto y que, encima, arroja numerosas sombras a las solicitudes de préstamos temporales realizadas por los museos españoles.