El Correo Digital
Jueves, 2 de febrero de 2006
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OPINIÓN
ARTÍCULOS
Brazos cruzados
Las soluciones propuestas han de guardar siempre una cierta proporción respecto a los problemas que tratan de resolver. Sin embargo, no es eso lo que ocurre en cuanto a la «pacificación y normalización de Euskadi». La persistencia de un grupo terrorista, en todo su drama, constituye un problema más simple que lo que acostumbramos a estimar. Dicho de otra manera, por complejo que resulte el problema, es el subasteo de soluciones y la rentabilización que prometen las distintas salidas lo que acaba agigantando la cuestión. El lehendakari Ibarretxe definió ayer la responsabilidad que corresponde a las tres partes del proceso que visualiza: ETA tendría que abandonar la violencia, el Gobierno central aplicar una política penitenciaria respetuosa con los derechos humanos y -es de suponer- a él le tocaría convocar la denominada mesa de partidos. Es la versión más sencilla del alambicado proceso que se viene dibujando tanto por parte de la izquierda abertzale como por parte de los socios del Gobierno vasco. Pero resulta poco probable que las mencionadas tres partes se pongan de acuerdo en el orden en que les correspondería actuar.

Según la Declaración de Anoeta, el espectáculo debería desarrollarse sobre dos pistas. Pero la simultaneidad proyectaría una imagen única que -no es otra la pretensión de la izquierda abertzale- fundiría paz y política. Según puntualiza Imaz una y otra vez, la mesa de partidos se constituiría en ausencia de violencia. Aunque seguramente él mismo tendría dificultades para acordar con el lehendakari qué se entiende por tal e incluso si eso ha de ser necesariamente así. Por su parte, el gobierno de Rodríguez Zapatero difícilmente se animará a mover nada tangible antes que los demás lo hagan. Se coja por donde se coja, no será fácil desmadejar el triángulo descrito porque está diseñado precisamente para complicar la cosa.

Pero siempre cabrá otra salida: que el propio Ibarretxe supere la inquietud que le produce quedarse de brazos cruzados y que opte precisamente por mantenerse impasible mientras los demás, las otras dos partes, no ofrezcan novedades. Es posible que la angustia ante el pecado de omisión o la soberbia de creerse portador de alguna milagrosa fórmula invite a todos los protagonistas a sobreactuar cuando en realidad no saben qué hacer. Ante el problema del terrorismo, y al margen de la actuación de jueces y policías, será siempre más aconsejable no hacer nada que hacer algo para ver qué pasa.

Pero no nos engañemos. Si Ibarretxe no está dispuesto a cruzarse de brazos no es porque el problema, hoy, le parezca acuciante. Lo que probablemente le parezca acuciante es ver que el problema se va amortizando cada día que pasa. Que la mercancía de la paz se devalúa minuto a minuto. Y que pronto no servirá como palanca para remover los cimientos de la autonomía real a favor del soberanismo.



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