La tarde mágica del Bizkaia Arena está demasiado reciente en la mente de los asistentes a La Casilla. Cuesta trabajo abstraerse de un sueño para retornar a lo que se supone es la vida real. Ante el TAU, el Lagun Aro ganó muchísimo, hizo saltar la banca de sus objetivos. Ayer, frente al Caja San Fernando, acuñó otra moneda igualmente de curso legal. Hasta quizá más valiosa que la del BEC, dado lo que significa ver la hilera que se ha formado tras el conjunto bilbaíno en la clasificación de la ACB. Sumar una muesca sin acercarse a hacer el partido de su vida refleja el poso que acumula un conjunto asentado por méritos propios en el jacuzzi de la tabla. El spa en condiciones le queda un poco lejos, pero es gratificante la sensación que producen burbujas como la aprovechada ayer.
Es otra forma de ganar. De imponerse en un partido extraño, tosco, mal jugado por ambos equipos en su primera mitad. Los locales se olvidaban del juego interior en ataque o no eran capaces de exprimirlo como en otras ocasiones. En defensa, el perímetro era un paso de libre acceso mal aprovechado, afortunadamente, por los cajistas. Poco ruido y pocas nueces. Bueno, el rugido de la grada llegó por lo de casi siempre, el descontrol arbitral capaz de hacer dudar a cualquiera de la existencia de unas reglas de juego. En eso sí que se recuperó el espíritu del BEC.
Adormilados bilbaínos y se villanos, se presenciaron veinte minutos prescindibles, jugados con arritmias, carentes del sentido que cada cual debía buscar para fortalecer su posición en la cancha.
Menos mal que Panko y Weis apuntaban como valores seguros en la cotización incierta del duelo. También Koljevic, que adelantó su presencia en la cancha por los prematuros problemas de faltas de Salgado. El montenegrino sigue atemperando su juego, adquiriendo el oficio de base del que desconocía la mayoría de mandamientos a su llegada a Bilbao. Lástima que chafara en parte su recuperación con la insolencia final ante Phillip, cuando en el último ataque, obviamente con el choque ya certificado, buscó la mofa con un pase entre las piernas del británico. No es antirreglamentario, pero sí de mal gusto. Ya le sucedió algo similar en la pretemporada con Raúl López. Le puede el orgullo.
Pero la anécdota, aunque triste, fue sólo eso, un mero apunte en el epitafio del encuentro. Tras asistir a dos actos con más chicha que cerebro, el Lagun Aro no mejoró en la reanudación. Bueno, en sus primeros compases. Encajar un parcial de 0-4 y devolvió el mando en el luminoso al Caja San Fernando en su último acto de generosidad. Fue el momento en el que sonó el despertador para los de Vidorreta. Afloró la intensidad al tiempo que a Panko le entraba la marcha y lo mismo anotaba un triple, que penetraba de canasta a canasta hasta romper el aro. Se adivinaban las constantes propias del equipo, las ya conocidas, con las que ha fraguado gran parte de su éxito.
Males identificados
Ante ellos, los rojillos sólo encontraban incomodidad en Slanina, cierta perturbación en Roe y pillaje de palomero en Giannoulis. Kommatos era una sombra errante que casi salía a falta cometida por minuto de juego y la dirección de la banda no encontraba una batuta acertada ni en Marco ni Cherry. Tampoco en Cazorla, última apuesta de Manel Comas al percibir que los males de los suyos siguen calando muy adentro.
Con Savovic en liza como recambio de Montañez, el Lagun Aro pudo maniatar más a Slanina, al tiempo que el balcánico se salía anotando triples desde Indautxu. O como dijo Comas en la rueda de prensa, «desde casa dios». Así llegaron los mejores momentos, en los que Weis era por enésima vez coreado en el pabellón cada vez que aparecía en el momento oportuno para palmear un rebote o taponar a algún osado rival. Lo del galo sigue siendo una de las mayores bendiciones rojillas de la temporada, lo mismo que el descaro de Panko desde que el de Harrisburg se ha decidido a ejercer su autoridad. Ha debido calar entre los suyos, ya que el equipo ha puesto de moda la pirámide con los brazos con la que celebra sus momentos estelares. Ayer, Weis se la dedicó desde el centro de la cancha.
Minutos de sobra
Fue tal la diferencia de planteamiento, de recursos y decisión vivida en un puñado de minutos que el último cuarto acabó por sobrar. Justo el acto en el que los sevillanos concentraron su arsenal hace un año para llevarse la victoria de la capital vizcaína. Pero esta Liga, lo mismo que los equipos, es distinta. El Lagun Aro ha aprendido a reaccionar a tiempo, a percatarse de que lo primero es ganar y ya quedará tiempo más tarde para elucubrar o analizar el modus operandi.
A los cajistas comenzó a quemarles el balón en las manos y apenas acertaban a arañar personales para subsistir lo máximo posible. Las diferencias se agrandaban sin llegar a dispararse hasta que los locales llenaron de oxígeno sus pulmones y pensaron con claridad. La defensa se mantiene como un apoyo impagable para los de La Casilla y el vaivén arbitral en esta ocasión no les penalizó. Aunque bien podría haber sucedido lo contrario.
Además, es justo reconocer que la lectura dada por los de Vidorreta a sus necesidades en el partido fue pulcra en la segunda mitad y bastó, junto a los buenos porcentajes de tiro y la superioridad en el rebote, para hacerse con un premio merecido. Los hombres de negro ya son décimos, emparedados en la tabla entre el Real Madrid y Adecco Estudiantes. El mal ajeno no es ningún consuelo. Si la Liga pone a cada uno en su sitio, nada que objetar a la llegada de los vizcaínos a un clima más templado. Y se sigue percibiendo el manido, pero real, margen de maniobra. Optimismo a la vista.