Le ha ocurrido recientemente a un jugador de fútbol de primera división llamado Nenad Mirosavljevic. Tras su llegada al Cádiz, club donde presta sus servicios, la afición consideró que ante un apellido de tan difícil pronunciación era aconsejable un cambio de nombre. Al fin y al cabo, muchos futbolistas prefieren ser conocidos por sus sobrenombres. Entonces la afición dio en llamarle 'Mortadelo' basándose en un vago parecido físico con el personaje de tebeo creado por Ibáñez. El apodo no encerraba ningún propósito ofensivo; por el contrario, respondía a esa peculiar mezcla de ingenio, guasa y simpatía característica del humor de algunas ciudades andaluzas.
Al principio el jugador aceptó de buen grado el recibimiento. Pero, conforme fue saliendo de su limbo idiomático y se inició en los secretos de la lengua y la cultura popular españolas, empezó a sentirse incómodo con el remoquete. Finalmente ha pedido en público tanto a periodistas como a aficionados que dejen de llamarle así y que respeten el nombre y los apellidos que recibió de sus padres allá en su Serbia natal. Y los portavoces del club han secundado su ruego, trasladando a los periodistas la queja por lo que consideran una «desagradable expresión» aunque no haya en ella «ninguna intención ni ánimo peyorativo».
Malentendidos como éste se producen de continuo en el empleo de los nombres con que designamos tanto a la gente que nos rodea como a la que nos es presentada circunstancialmente. ¿Cuándo hemos de llamar a alguien por su nombre de pila y cuándo es más adecuado el uso del apellido? ¿Dónde está la frontera de confianza o familiaridad que separa el nombre oficial del hipocorístico o el epíteto afectuoso? ¿Por qué hay situaciones en las que al referirnos a ciertas personas no lo hacemos con su nombre, sino mediante circunloquios o pronombres señaladores que parecen evitarlo? Son preguntas sin respuesta precisa, porque apuntan a algo tan nebuloso como la identidad de cada individuo y la relación entre ésta y los signos que la representan.
Devoción y tabú
En la adjudicación del nombre a las personas siempre hay algo de mágico y de sagrado. 'Nomen est omen' (el nombre es un presagio), reza un adagio clásico que viene a reflejar la idea supersticiosa según la cual el nombre que nos ha sido dado determina nuestro carácter, nuestras inclinaciones, nuestras facultades y nuestra fortuna futura. Los enamorados se recrean en la pronunciación del nombre del ser querido como si fuera un sortilegio a través del cual se apropian de una parte de éste. Los creyentes de muchas religiones, por el contrario, tienen vedado el mencionar directamente a sus divinidades porque eso constituye una especie de profanación. Y, en sentido opuesto, hay sociedades y culturas en las que los innombrables son los de castas más bajas, a quienes se atribuye el poder de transmitir males y desgracias. El nombre es al mismo tiempo devoción y tabú, tesoro y peligro, riqueza y condena.
Por eso los nombres no pasan inadvertidos a nuestros sensores psicológicos. En el trato humano cotidiano hay algo que nos avisa de los riesgos y de las ventajas de usar los nombres -en especial, el nombre de pila, más que el apellido, pues éste tiende a estar menos marcado emocionalmente-, y de hacerlo de una u otra manera según sea la situación comunicativa en que nos hallemos. Dale Carnegie, precursor de la literatura de autoayuda sobre el éxito social, recomendaba como fórmula infalible para ganar amigos la de retener los nombres de las personas que nos presentan y usarlos asiduamente en la conversación. Con ello -decía- el individuo se ve reconocido y valorado en sí mismo. Es como si al hablarle apuntáramos directamente a su corazón. El designado por su nombre recibe la señal de que nos interesa, de que en ese momento lo estamos distinguiendo entre los demás y dándole más importancia que a cualquier otra persona o cosa. Hasta la más insignificante fórmula verbal de cortesía (un «¿qué tal va eso?», por ejemplo) puede transformarse en un acto de afectuoso reconocimiento particular cuando le añadimos el vocativo: «¿Qué tal va eso, Andrés?», «Buenos días, Andrea».
El tuteo
Helmuth Kohl, considerado uno de los líderes políticos del siglo XX más dotados para empatizar con sus colegas, se jactaba de llamar con el nombre de pila a todos los mandatarios europeos con los que se había relacionado. En las altas esferas se valoró como un triunfo extraordinario el momento en que, tras largos años de 'usteo', llegó a dirigirse al ceremonioso y distante Mitterrand con un «François» acogido por el presidente francés con una ligera sonrisa de aprobación.
Y es que el nombre propio supone un elemento de preservación de la identidad, el reducto del yo soberano frente al otro, la garantía de supervivencia íntima en un mundo de anónimos masificados. Por eso mismo no todos estamos autorizados a traspasar la frontera de la confianza empleando el nombre del interlocutor. En este punto rige el mismo complejo código del tuteo, donde tan pronto se puede pecar por defecto como por exceso. El tú, al igual que el nombre de pila, aproxima tanto como aleja. Es señal de franca camaradería, pero también lo es de altiva superioridad. Pero, por regla general, donde no rigen las jerarquías coercitivas (en la familia, en la pareja, en las relaciones profesionales, entre amigos y conocidos), el uso de los nombres propios aporta calidez al trato, lo colorea, lo humaniza acompañándolo de esa acogedora sensación de reconocimiento que va impresa en la intransferibilidad de los nombres. Pocas ofensas emocionales hay más dolorosas que no usar el nombre de los nuestros cuando nos dirigimos a ellos.