En apenas unas horas Marluy ha pasado del calor asfixiante de Caracas al crudo invierno logroñés. «Es lo que peor llevo. No sabía lo que era esa sensación hasta que vine a España. Llevar tanta ropa, no sentir los dedos... ¿Uf! Pensé que no me iba a acostumbrar nunca», explica sin quitarse el plumífero y el gorro de lana, prendas hasta ahora desconocidas para ella y que se han convertido en imprescindibles.
Pero el clima no fue la única sorpresa con la que se encontró cuando pisó por primera vez su nuevo lugar de residencia. Hubo un simple detalle que la dejó boquiabierta. «Echaban por la tele un concurso y ganó una pareja gay. ¿No me lo podía creer! Recuerdo que pensé lo liberales que eran acá. Eso en mi país es imposible», añade. Sin embargo, confiesa que con el cambio ha ganado «en calidad de vida».
A Jaqueline y a José se les iluminan los ojos al hablar de Colombia. Si sopesan los pros y los contras de su estancia en España, la balanza se decanta hacia el otro lado del charco. Pero la necesidad manda, no el corazón. «Nosotros somos más extrovertidos y mucho más felices, a pesar de no tener tantas cosas. No existe el estrés ni la depresión. Por nuestro carácter siempre estamos celebrando y con ganas de fiesta. Aquí viven para trabajar y en cambio nosotros trabajamos para vivir. También nos choca el desarraigo hacia los mayores, que existan las residencias de ancianos. De hecho, si han aparecido tantos locutorios es porque necesitamos llamar constantemente para saber cómo está mucha gente», explican con la mirada nostálgica.
Lo mismo le ocurre a Nicolás, un joven rumano que se enciende al explicar el nuevo significado de la 'marcha' del Este. «En mi ciudad salía con mis amigos todos los días. Era la mejor forma de terminar un día de trabajo. Me encantaría poder hacerlo aquí también, pero los precios no nos lo permiten. Así que muchos nos reunimos en nuestras casas hasta que los vecinos nos dejan», explica entusiasmado.
Como joven que es, no comprende que la mayoría de sus nuevos amigos logroñeses todavía sigan viviendo con sus padres. «Aquí son mucho más cómodos. Les cuesta dejar el nido...».
Sin embargo, la percepción que tienen los marroquíes es totalmente distinta. Son precisamente las fiestas lo que más llaman su atención. «Quizás por nuestra cultura, lo que nos sorprende sobre todo es que las celebraciones giren en torno al alcohol, especialmente entre los más jóvenes», explica Mohamed El Gheryb.
Cruzadas y Ku Klux Klan
Si hay una celebración grabada en sus retinas, es la de la Semana Santa. «El atuendo, las cruces y estandartes, los tambores, el misticismo, el sacrificio... En cierto modo nos recuerda a las cruzadas. Y también al movimiento norteamericano del 'Ku Klux Klan' por los capirotes», añade.
Su religión prohíbe el despilfarro. Por eso nunca participarían en la batalla del vino o en el cada vez menos limpio cohete de San Mateo. «Eso de desperdiciar así el vino, la harina, los huevos.... para nosotros es incomprensible».
Ya apenas se ruborizan ante jovencitas luciendo pierna o escote. Pero sí les cuesta superar la barrera invisible que separa a ambos sexos. «Al principio me asustaba cuando me iban a presentar a una chica y ella se lanzaba a darme dos besos. Ponía la mano como para defenderme, era un gesto inconsciente, pero al final te acostumbras», cuenta Mussa.
Para Aimzi Ye se confunde libertad con libertinaje. «La primera vez que vi fumar a una mujer no lo podía creer. En China a ninguna se le ocurre. También me llama la atención que los padres son demasiado permisivos. Dejan salir a los hijos pequeños hasta muy tarde y en mi restaurante he visto hasta cómo les incitan a probar el café y el alcohol. Me dan ganas de decirles: ¿Qué hacen? ¿No ven que es un niño? Así acaban perdiéndoles el respeto», concluye convencida.