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Miércoles, 18 de enero de 2006
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CULTURA
CULTURA
El menos común de los sentidos
La sensatez es una brújula que señala la dirección a tomar ante nuevas situaciones, pero puede impedirnos ver más allá de convencionalismos
Pensar o actuar con sentido común significa, entre otras cosas, adoptar un punto de vista juicioso y sereno ante la realidad, no sacar los pies del tiesto, evitar incurrir en la extravagancia o en la temeridad, dejarse guiar por la cordura... El sentido común es algo así como una brújula que nos señala la dirección adecuada cuando nos enfrentamos a imprevistos o a situaciones nuevas para las que carecemos de respuestas específicas previamente adquiridas. Apelamos a él continuamente para dar consejos -«no te compliques la vida y déjate guiar por el sentido común»-, para reprender -«¿pero en qué cabeza cabe?, ¿es que no tienes sentido común?»- , o para juzgar -«eso está mal porque atenta contra el sentido común»-, ya que mantenemos la firme convicción de que hay cosas aceptables y otras que no lo son, aunque rara vez nos paremos a pensar en qué consiste realmente esa especie de norma infalible que tanto invocamos.

Miguel de Unamuno dejó subrayado, en su ensayo 'En torno al casticismo', el contrapunto negativo del sentido común. Lo consideraba «lo más antifilosófico y anti-ideal que existe», en la medida que se sitúa en el polo opuesto de la reflexión especulativa. Venía a decir que el sentido común proscribe todo cuanto suponga un intento de ir más allá de la simple vista, de la mirada repetitiva a partir de la cual nos formamos estereotipos sobre aquello que nos rodea. En este «sanchopancismo antiespeculativo y antiutopista» veía el filósofo una de las causas del retraso de la sociedad española en su tiempo, el reflejo de su «deprimente estado moral y social».

Y es que, en efecto, muy a menudo el llamado sentido común opera como una especie de latiguillo argumentativo para cerrar el paso a todo aquello que no responda al gusto general o no se ajuste a los convencionalismos establecidos. Frente al pensamiento lógico que analiza las causas de los hechos, escruta los pros y los contras de las ideas, examina con rigor científico el porqué de las cosas, el concepto de sentido común se impone a la manera de un dogma difuso, sin contorno ni definición precisa pero con irrefutable autoridad. ¿Cuántas veces no hemos oído llamar 'sentido común' a lo que no es sino gramática parda, filosofía cazurra de refranero tejida de supuestas perogrulladas? No debe extrañar que muchos pensadores rechacen un principio intelectualmente tan pobre y recelen de él por lo que tiene -en palabras de Friedrich Hayek- de «engañosa guía» para el esclarecimiento y la búsqueda de solución de problemas.

Pero también es cierto que la vida cotidiana nos somete continuamente a situaciones que exigen respuesta inmediata, que nos cogen desprovistos de conocimiento o información suficiente para enfrentarnos a ellas con una suficiente base científica. Necesitamos soluciones prácticas y rápidas, algo a lo que agarrarnos para salir del paso lo más airosamente posible y con alguna garantía de acierto. Cuando se nos aproxima un negro nubarrón en medio del monte, no es el momento de consultar las predicciones meteorológicas para saber si la tormenta descargará o no sobre nuestras cabezas, sino que algo nos dice que deberíamos ponernos a cubierto cuanto antes.

Ley natural

Lo mismo podría decirse en áreas como la educación de los hijos, el trato circunstancial con las personas, la alimentación, la salud preventiva o la intendencia de cada día: nadie es especialista en todo; sería imposible entender el mundo y actuar si en cada ámbito tuviéramos que ser reputados pedagogos, finos psicólogos, expertos nutricionistas, licenciados en medicina o hábiles tenderos.

En estos casos, el sentido común viene en nuestro auxilio con su rostro positivo. Es cuando las creencias y los preceptos del sentido común se revelan como útil manual de instrucciones para desenvolvernos en la vida. Hablamos de una especie de conocimiento adquirido por la experiencia -y también a veces por la herencia cultural o social-, de forma espontánea, asistemática, pero que, sin embargo, se aproxima mucho a la sensatez. El sentido común explica los hechos aisladamente, viéndolos como realidades dispersas que no guardan relación entre sí. Es, además, el resultado de la manera de pensar o de sentir de una sociedad; ese carácter convencional hace que lo que para un grupo humano es de sentido común, para otra cultura o colectividad represente un disparate o una herejía.

Con eso y con todo, el sentido común tiene algo de ley natural, guarda una especie de vínculo con los universales humanos que le sitúa como por encima de otras formas de conocimiento, a modo de factor común armonizador de todas las teorías y todas las morales. El sentido común es el lugar de lo obvio y de lo evidente, frente al relativismo azorante de las opiniones. Es la capacidad de pensar y obrar con acierto, inteligencia y sensibilidad de acuerdo con el sistema de juicios y visiones de una determinada sociedad.

Demagogia

Hay que admitir que el sentido común puede actuar como instrumento de demagogia. En política no es extraño encontrar discursos de apelación a un supuesto «sentido común» o «sentir general» que en realidad pretenden avivar los impulsos primarios de las muchedumbres y de hacerlo en cuestiones de extrema responsabilidad: desde la implantación de la pena de muerte hasta el rechazo a los inmigrantes. Cuando el dogmatismo -especialmente el conservador- se disfraza de sentido común, éste adquiere la forma del prejuicio, del tópico rancio y de la idea heredada. Pero también las sociedades son manipuladas en la dirección opuesta: negando la capacidad del sentido común para discernir entre lo bueno y lo malo, lo acertado y lo erróneo, al amparo de complejas consideraciones que sólo están al alcance de los teóricos, los especialistas o los leguleyos. Todos hemos conocido personas sabias que nunca han cursado estudios, y zopencos perfectos cargados de títulos académicos. El sentido común es lo que iguala, como ya señaló Antonio Gramsci, al filósofo de oficio y a la persona sensata.



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