El Correo Digital
Miércoles, 18 de enero de 2006
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OPINIÓN
ARTÍCULOS
Sharon
Suele considerarse de buen tono y un alarde de cortesía hablar bien de los muertos, incluso de los moribundos que se encuentran haciendo los trámites de su desaparición definitiva. Se olvidan los desmanes que cometieron en vida, se maquilan los agravios que lanzaron y de un modo inverosímil se les intenta convertir en gentes respetables a los que hay que disculpar sus excesos por muy violentos que hayan sido. Vean ustedes con cierto asombro lo que se dice y se escribe estos días obre Ariel Sharon, el hombre que no tuvo el menor gesto de misericordia mientas comandaba sus tropas en la guerra contra los palestinos, el sujeto que llegó a autodefinirse como un 'nazi judío' partidario de solventar sus diferencias con los palestinos a sangre y fuego, pasándose por todos los forros las leyes internacionales si era preciso. Fue un soldado implacable, nunca tuvo la menor intención misericordiosa y su sueño era no dejar un palestino vivo mientras estuviera gobernando.

Sin embargo, ahora, postrado en una cama de un hospital, en el limbo de un coma inducido, acompañado de la música de Mozart y al borde la muerte, Sharon es presentado como un anciano apacible que en realidad no quiso hacer daño a nadie y cuyos desafueros militares son cosa irrelevante perteneciente al remoto pasado. La capacidad del ser humano para autoimponerse la amnesia en cuanto la necesita es asombrosa, de modo que la terrible biografía de este hombre no tiene la menor importancia y se reconvierte con pasmosa desfachatez en un listado de hechos gloriosos que merecen el premio de la gloria eterna.

He citado en alguna otra ocasión la entrevista que el escritor Amos Oz hizo a Sharon en su retiro campestre hace algunos años. El viejo general no sólo no se arrepintió de nada de lo que había hecho, aseguraba que volvería a repetirlo incluso con métodos directamente calcados de los que empleó el nazismo y rezumaba un odio inconsolable hacia todo lo que recordara a un palestino y a su causa. Amos Oz debió salir horrorizado de la entrevista, efectuada si no me equivoco antes del provocador paseo triunfal del jefe judío por la explanada de las mezquitas rodeado de guardaespaldas blindados. Hoy sin embargo, Sharon es elevado a los altares laicos como si hubiera sido un tranquilo pastor de cabras bajo el sol furibundo del desierto. No le deseo mal a nadie, pero les confieso que no voy a derramar ni una lágrima postiza por el alma de este hombre. Lo haré por sus víctimas.



Vocento
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