Somos porque ganamos. Si perdemos, dejamos de ser». Recurro a mi admirado Galeano para recordar una obviedad. En el fútbol la ley del resultado es un juez implacable. No hay veredicto de inocencia para el perdedor. No hay vencedores morales. El Athletic se aferra a las sensaciones como un náufrago a una tabla en medio del océano. Pero sigue sin ver tierra firme. Los números dan que pensar. El equipo de Clemente ha perdido sus cinco últimos partidos, jugando bien por momentos (Zaragoza), regular (Deportivo) o rematadamente mal (Bernabéu). En Barcelona limpió su imagen, pero la derrota deja al Athletic en la cola, con quince miserables puntos y la confirmación de que la tan temida cuesta de enero podía provocar una recaída clasificatoria. Perder en el Camp Nou no es una tragedia, pero la victoria a domicilio del Alavés en Riazor nos recuerda que la carrera por la salvación ya ha comenzado. En la descarnada lucha por la supervivencia no hay cuartel. Cádiz, Betis, Racing y Espanyol lo certificaron con sendas victorias de oro. La jornada, clasificación en mano, fue nefasta.
El lastre de los resultados amenaza con aparcar otros debates. El Athletic de Clemente no despega. Y eso que el equipo recuperó la concentración perdida, ocupó los espacios de manera solidaria, no se metió en la cueva (hubiera sido suicida) y, cuando tuvo la pelota, buscó a sus tres mosqueteros. Yeste, Joseba y Llorente mantuvieron viva la llama de la ilusión durante la primera parte. Por detrás, el Athletic dispuso un campo de minas. Era un bosque de piernas rojiblancas, pero era un bosque animado. Había partido.
Los blaugranas no son galácticos. Son astronautas que se mueven por el espacio. El que les dejan sus rivales. Si el tráfico se complica, recurren a la inspiración individual. Un día es Eto'o, otro Ronaldinho... A nosotros nos tocó Messi. El argentino corre como si le acabara de afanar la cartera a un turista despistado entre Corrientes y Nueve de Julio. Es un pibe con cara de pillo que corre para saciar su hambre. Hambre de gloria. Corre porque tiene prisa por encontrase con su destino. Vuelvo a Galeano, que dice que este tipo de futbolistas, surgidos de los potreros, «nacieron en cuna de paja y choza de lata y vienen al mundo abrazados a una pelota». El escritor uruguayo cree que la pelota los busca, los reconoce, los necesita. Ellos la sacan lustre y la hacen hablar. «Y en esa charla de dos conversan millones de mudos». Un solo chispazo de la hormiga atómica argentina bastó para prender la mecha y quemar nuestras naves.
Ahora queda afrontar la realidad. Comienza la cuenta atrás. Hay que pasar del dicho al hecho. Ni las palabras ni las sensaciones nos van a sacar del pozo. Ha llegado la hora de ganar. En Anoeta nos espera un derbi caliente, muy caliente. Como diría el gran Groucho Marx: «¿Más madera, es la guerra!».