Los resultados del estudio sobre la innovación que publica la Comisión Europea son totalmente decepcionantes para nosotros. No sé si la toma de datos es homogénea y si la seriedad del estudio es convincente; pero, de ser así, deberían desatarse todas las alarmas, el Gobierno tendría que preocuparse en serio y la patronal adoptar medidas inmediatas. Ocupamos el lugar 16, en términos absolutos, por detrás de todos los países con alguna tradición industrial y de varios de los nuevos socios de la UE, a quienes suponíamos todavía en trámites para despojarse del pelo de la dehesa impregnado por tantos años de planificación comunista. Pero en algunos aspectos particulares estamos aún peor. Las empresas gastan en I+D un 45% menos que la media, el ratio de patentes está en un 20% por debajo de ella y el porcentaje de 'pymes' que colaboran en materia de innovación llega sólo al 38% del registro habitual. Por el contrario, sólo estamos bien en un apartado meritorio -la llegada de fondos privados a las universidades- y en otros dos muy poco estimulantes, como son el número de empresas privadas que reciben fondos públicos y la utilización de patentes registradas por otros países.
Un país, como el nuestro, que carece de recursos naturales -con la destacada excepción del sol-, que mantiene de manera constante y persistente un diferencial negativo de precios con nuestros competidores y que aspira a disfrutar de todos los placeres de la sociedad del bienestar no puede sobrevivir sin ser un motor de la innovación, un paladín de la investigación y un alumno aplicado en su desarrollo. Por encima de la complacencia que nos dan las cifras de hoy, la UE nos advierte de los peligros que nos amenazan mañana. Por ahora, viajamos en uno de los furgones de cola del tren del futuro y... corremos el riesgo de quedar descolgados en la próxima curva.