El Correo Digital
Miércoles, 11 de enero de 2006
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OPINIÓN
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Todas las mañanas tengo a bien comparecer en el buzón de mi casa para recoger la correspondencia habitual y en más de un caso he tenido que cargar con una montaña de papeles que han ido a parar al instante al contenedor de basura. Admito que esa abundancia majara de papeles de colorines profusamente ilustrados con todo tipo de fotos, dibujos y palabrería comercial quizá sea inevitable en estos tiempos de infatigable incitación al consumo compulsivo, pero basta la contemplación atónita de todos los buzones del bloque saturados de papel para deducir que alguien se está pasando de la raya. Ocurre lo mismo que con los anuncios de televisión, cuya superabundancia mareante va camino de conseguir el grado cero de la eficacia persuasiva. Cada vez son más los espectadores que al comenzar la catarata de anuncios ojean el periódico, van al baño o saquean el frigorífico con bulimia desesperada con tal de no tragarse la publicidad. Tal vez sea cierto aquello de que la propaganda no persigue tanto que usted compre determinado artículo como que simplemente compre, sea lo que sea.

De esa curiosa manera se arruina con saña la coherencia de las películas, que en el cine duran hora y media y en la tele tres o más, hasta que el espectador se descubre roncando en el sofá y despierta sin tener la menor idea de lo que está pasando ni ganas de tenerla. El desprecio de los programadores de televisión hacia el televidente ha llegado a un punto tan extremo que la única rebelión posible consiste en apagar el monstruo o grabar lo que se quiere ver para contemplarlo en otro momento con ayuda del mando a distancia. O los responsables de la caja estúpida dejan los mil anuncios en pantalla, se van a tomar unas copas y de pronto recuerdan su misión de volver a poner la película que dejaron en el fotograma que les dio la gana, o simplemente se trata de una calculada estrategia procedente del privilegiado cerebro de un memo titulado. Elijan ustedes la hipótesis menos benevolente y seguro que aciertan.

El récord que personalmente he sufrido sentado ante la tele se ha convertido ya en leyenda: se trataba de 'Muerte entre las flores', una obra maestra de los hermanos Coen interrumpida por bloques publicitarios interminables y más largos que las secuencias del relato. Usted podía darse una vuelta por el barrio, coger un tren para visitar a la tía Eloísa, leerse el Quijote o invitar a cenar a la cuadrilla, en la seguridad infalible de que de regreso a casa iba a encontrarse con un anuncio de champú y ni rastro de los pistoleros.



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