Maltrecho y sin poderse menear, así quedó Alonso Quijano después de acometer, lanza en ristre, al primer molino que halló a su paso. Y así he visto yo siempre a Miguel de Cervantes, por su vida aciaga, porque identificamos al personaje con su autor. Y sospecho que así me veía de niño mi compañero de pupitre. El muy obtuso repetía: Escribes como Cervantes. Y cuando se marchaba nuestro profesor de literatura, venía nuestro profesor de física con las calificaciones del último examen, y así me quedaba yo: Maltrecho y sin poder menearme.
Yo creo que don Miguel tuvo poderosos enemigos que batallaron mucho contra él, y no sin éxito. Sus biografías mencionan el conocido arcabuzazo de Lepanto, su captura por corsarios argelinos, sus infernales años en diversas penitenciarías, el regreso a España sin conseguir el apoyo de nadie, su internamiento en la cárcel por la quiebra de un banco, su nuevo ingreso entre rejas por la aparición de un cadáver junto a la puerta de su casa... Está claro que después de tantas desgracias y tantas injusticias, el pobre don Miguel se quedó maltrecho y sin poder menearse.
Algunos investigadores aseguran que durante su estancia en Sevilla, Cervantes cortejó a una dama. Tal afirmación a mí no me sorprende, ya que don Miguel tuvo sólo una amante, una hija con esta y un matrimonio infeliz, que nosotros sepamos. Dichos investigadores sostienen que Cervantes, lejos de obtener los favores de la señorita, cosechó un sinfín de calabazas, desaires y agravios. En estas circunstancias los escritores pensamos en los folios que podríamos escribir si dedicáramos nuestro precioso tiempo a la literatura, y optamos por la retirada maltrechos de ánimo y sin poder menearnos.
Nunca olvidaré la tarde que acometí el último capítulo de aquella novela que redactaba. El desenlace previsto dejó de gustarme, y peor aún, no me parecía satisfactorio. Y me hallé con un montón de hojas impresas, con el sudor y la sangre invertidos en el proyecto y sin un final de recibo. Llegaron entonces las tiritonas y los días de angustia. Fue don Miguel, su ingenioso hidalgo, sus gigantes de viento quienes acudieron en mi auxilio, y de las resonancias de esta desventura surgió el desenlace para mi obra. Cuando acabé ese capítulo me quedé maltrecho y sin poder menearme.
Decirlo resulta muy triste, pero el éxito que conoció Miguel de Cervantes fue tardío y modesto. Jamás le consideraron un autor serio, y nada más fallecer, cayó en el olvido. Ahora, cuando veo su inmortalidad, el oro de su nombre en la historia de la literatura, el año de conmemoraciones que hemos vivido, me viene a la cabeza aquel halago de mi pánfilo compañero de pupitre y me siento, ay, maltrecho y sin poder menearme.