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Domingo, 8 de enero de 2006
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POLÍTICA
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Ansiedad
Para el nacionalismo, éste de 2006, el único año libre de elecciones en toda la legislatura, se presenta como la gran oportunidad de alcanzar la pacificación y la normalización
PARLAMENTO. Joseba Egibar charla con Iñigo Urkullu. / IGOR AIZPURU
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Cual caballos enjaulados en sus celdas a punto de tomar la salida, así de inquietos se muestran los representantes políticos del nacionalismo vasco en este inicio de 2006. Se les nota ansiosos por dar comienzo, de una vez por todas, a esa carrera que será, según ellos mismos han anunciado, la más trascendental de la reciente historia de Euskadi. En ella se jugaría, en efecto, nada menos que la definitiva pacificación y normalización del país. Hasta tal punto se considera decisivo el momento que el propio lehendakari lo definió, al inicio de la legislatura, como el hito en el que la presente generación de políticos vascos deberá hacer un alto en el camino con el fin de rendir cuentas al pueblo sobre su éxito o su fracaso en el logro de tan ambiciosos objetivos. Pero, para su desgracia, lo que en principio estaba llamado a durar cuatro años ha quedado por fin condensado en uno solo. Y es que lo que el nacionalismo no alcance en los doce meses que vienen quedará para el futuro como una esperanza definitivamente frustrada. Se explica, por tanto, la ansiedad de sus líderes.

Al nacionalismo vasco no se le oculta que el año que ahora se abre tiene una característica que lo hace del todo especial en el decurso del tiempo político. Es un año libre de elecciones y permite, por tanto, a los gobiernos un margen de maniobra que no les suele ser concedido con frecuencia. Después de él, las elecciones municipales y autonómicas de 2007, así como las generales de 2008, supondrán un tiempo de recuento, que, como tal, no será propicio para grandes iniciativas. En esos períodos electorales, los partidos que gobiernan tienden a recoger velas, confiados en llegar a buen puerto gracias a la inercia del movimiento acumulado. No son momentos de riesgo, sino de reservas y cautelas. Es lo que diferencia el tiempo político del puramente cronológico.

El nacionalismo vasco, consciente de ello, se dispone a apurar los ritmos para aprovechar una oportunidad que presiente en peligro de escapársele. De ahí los amagos y las declaraciones contradictorias a que estamos asistiendo en los últimos días. Tan pronto se nos reclama paciencia como se nos insta a la urgencia; y lo mismo se exigen gestos a quienes no cesan de ejercer el terror que se demanda audacia a quienes no pueden hacer otra cosa que reprimirlo. Es el signo de la ansiedad de quien se ve emparedado entre un futuro inminente que se dispone a cerrarle todas las puertas y un pasado inmediato que, por las circunstancias en que se ha desarrollado, no se las abrió con la deseada antelación.

Y es que, si el futuro se le ha echado encima al nacionalismo vasco de manera casi imprevista, tampoco el pasado le ha permitido desenvolverse a su antojo. De un lado, se vio obligado a comenzar esta legislatura aturdido por unos resultados electorales que en absoluto esperaba y que le desbarataron sus planes iniciales de retomar la confrontación en el punto en que había quedado suspendida con el rechazo del Congreso al plan Ibarretxe. De otro, se le adelantaron en la iniciativa los catalanes con la presentación de su nuevo Estatuto, ocupándole todo el espacio político que el inesperado advenimiento de la presidencia de Rodríguez Zapatero parecía haber prometido abrirle. Y así, aturdido a la vez que desplazado, el nacionalismo vasco se ha visto obligado, desde que comenzó la presente legislatura, a dejar pasar el tiempo a la espera de que el escenario político se despejara para poder representar en él su propia obra.

Pero, además, estos hechos -nuevo Estatuto catalán y aturdimiento interno- van a suponer un serio handicap para las posibilidades con que el nacionalismo vasco contaba de ganar esta importante carrera. El primero, si, como parece, acaba con éxito, le marcará de antemano los límites a los que él mismo deberá también atenerse y que en ningún caso podrá rebasar. El segundo, por su parte, le sumirá en la necesidad de tener que pactar, primero, consigo mismo, antes de plantear a ningún otro sus, a día de hoy, todavía confusas reivindicaciones.

En estas circunstancias, el que prometía ser un año decisivo podría acabar transcurriendo como uno de tantos. Godot no vendría a visitarnos tampoco en este esperado 2006. Ni paz, por tanto, ni normalización definitivas. Simplemente, la terca realidad de un país, que, como, por lo demás, la de cualquier otro de su entorno, se empeñará en arrastrarse a ras de suelo, en lugar de emprender, de una vez por todas, el vuelo a las alturas. Es, querámoslo o no, lo que hay. Un entramado de pequeños problemas de cuya trabajosa y recurrente solución depende, paradójicamente, la felicidad de los ciudadanos. Sólo que nuestros líderes, enjaulados, como están, en sus celdas de salida, creen estar siempre a punto de iniciar la carrera que los habrá de coronar definitivamente de gloria o de ignominia. Por eso, tanta ansiedad.



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