El 1 de enero de 1986, después de 23 años de encuentros y desencuentros, superada la etapa autárquica, pulverizado el franquismo tras un último gobierno con respiración asistida y con los derechos democráticos hechos, España formó parte de la Comunidad Económica Europea (CEE). «Ya somos europeos», recordaban, enfáticos, los padres de la democracia, una aparente perogrullada que no era tal: ya éramos europeos en lo institucional, que no era poco. La antigua idea de Europa siempre fue fruto de la romanidad.