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El parque natural del Baztan ofrece agradables paseos por un hayedo que se conserva intacto gracias al capricho de un burgués decimonónico
05.10.09 -

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Señorío de Bertiz (Oronoz Mugaire). El bosque animado
Es el Baztan tierra de leyendas, de brujas ocultas en cuevas y contrabandistas que conocían como la palma de la mano una frontera que no es tal; de caseríos como palacios y pueblos de postal; de praderas verdes y bosques oscuros. Sus valles están vivos, el ganado pasta apacible y los baserritarras, provistos de las últimas tecnologías, labran, siegan. En este marco bucólico se encuentra la joya ecológica del señorío de Bertiz, una porción de tierra con la forma de un anfiteatro formado por las regatas y riachuelos que en Oronoz Mugairi confluyen con el río Baztan para dar vida y nombre a otro torrente más conocido, el Bidasoa.
El señorío de Bertiz, como su nombre indica, es el residuo de una propiedad feudal que a finales del siglo XIX pasó a un burgués navarro, Pedro Ciga Mayo, quien convirtió el espacio en una finca de recreo, con un espectacular palacio cerca del pueblo y un palacete de verano en la cumbre del Aizkolegi, el punto más alto del parque. El primer edificio alberga exposiciones sobre los espacios naturales de Navarra; del segundo sólo restan unas ruinas y la invitación a ascender hasta la cima para apreciar unas vistas incomparables.
El capricho de Ciga Mayo salvó al bosque de la explotación, aunque fuera cuidadosa, de la que fueron objeto los bosques vecinos. El controlado aprovechamiento de la montaña navarra ha permitido que el Pirineo sea aquí una explosión de arbolado autóctono que tiene su máxima representación en la Selva de Irati. En el norte de la comunidad foral reina el haya, árbol majestuoso que en su sabiduría conserva el bosque limpio como una patena y, para nuestra alegría, tiñe de fuego el territorio durante el otoño. Y lo que asombra en los valles de Salazar, Roncal o Irati, en Bertiz maravilla, porque encontraremos hayas prodigiosas, robles que pugnan por los rayos del sol a más de 30 metros de altura, acebos orgullosos, fresnos... Y agua, muchos arroyos cantarines.
Cinco rutas
Y todo está a nuestro alcance, a poco más de dos horas en coche, para que aprendamos y disfrutemos gracias a una red de senderos aptos para todo tipo de piernas y pulmones. El señorío es desde 1949 de titularidad pública y los navarros cuidan de su naturaleza como si fuera oro... que lo es. El gran aparcamiento da paso a praderas que los vecinos del Baztan aprovechan para sus meriendas y asueto de fin de semana y, una vez superada la verja, tenemos dos opciones: recorrer el delicioso jardín botánico (otro capricho de Ciga Mayo al que nos referiremos en la siguiente página) o emprender una caminata.
El señorío de Bertiz ofrece cinco rutas, aunque descartamos dos porque son largas (22 y 16 kilómetros) y discurren por pistas forestales. Son las que conducen al Aizkolegi, donde se encuentran las ruinas del palacete de verano, y a Plazazelai, único tramo autorizado a las bicis de montaña. Son más recomendables, por la tranquilidad y el paisaje, los tres senderos que parten de la antigua carbonera (a diez minutos de la entrada) y, tras un cuarto de hora de ascenso que no debe desanimar, avanza a media ladera, sin dificultades, desniveles ni más peligros que los que origine nuestra imprudencia.
Según cuando decidamos poner punto final al paseo, podremos caminar seis, nueve u once kilómetros con la garantía de que las indicaciones y el sentido común nos devolverán al punto de partida. En el trayecto, escucharemos el canto de las aves y la percusión de los pájaros carpintero, que taladran los troncos secos en busca de los insectos, y con paciencia localizaremos alguna esquiva ardilla.
El paisaje nos descubrirá también una faceta menos habitual en los bosques ‘controlados’ que acostumbramos a recorrer, como es el permanente proceso de renovación, y a nuestro alrededor, como si la tierra hubiese temblado con violencia, apreciaremos cientos de árboles, muchos imponentes, caídos, cubiertos de musgo o semipodridos, en una definitiva confirmación de que la vida se abre camino a costa de muchas muertes. La hecatombe de troncos queda compensada por la visión de cientos de retoños que buscan una oportunidad bajo el sol.

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