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El Día de Todos los Santos es una buena ocasión para descubrir la riqueza artística de nuestros cementerios
28.10.09 -

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Cementerio de Santa Isabel (Vitoria). El cementerio habitado
El camposanto histórico de Gasteiz está rodeado de hermosas y truculentas leyendas, contadas deprisa al pasar rápido ante sus verjas, a través de las cuales por la noche se descubren movimientos fugaces de los que en Santa Isabel moran. Se dice que el ángel que vigila la tumba de Julián Zulueta señala con su mano alzada a quien pronto morirá. Tal vez lo que haga sea impedir que el muy cruel Marqués de Álava, el mayor negrero de la Cristiandad hispana y traficante también de mano obrera china, abandone su osario y visite a la niña hermosa que murió a los 15 años y cuyo sueño arrulla un ángel al que se le nota cansado de contemplar tanta muerte.
Es el de Santa Isabel cementerio cuyos mausoleos custodian esfinges neo-egipcias y en el que parece descansar abrumado de la maldad nuestra un Cristo que no yace ni es sostenido por María sino que le vemos sentado en una gran silla de piedra, tapizada de rasos de granito. Está ese Hombre-Dios dolorido por tanta muerte causada por nosotros: en los muros de Santa Isabel se fusiló mucho durante la llamada Santa Cruzada. Entre otros a un poeta: Lauaxeta.
De las tumbas rotas por el tiempo y el olvido surgen luces tremendas en días de plenilunio cuando la luz de los muertos (il-argia, luna en euskera) rebota en las farolas o en los faros de los coches que pasan. Porque está Santa Isabel, que inspirase a José Antonio Cotrina, fantástico escritor alavés, su novela corta y premiada ‘La niña muerta’, en medio de la ciudad, pasaje magnífico entre los barrios de Zaramaga y del Pilar, lugar donde los blusas se reúnen antes de que Celedón baje de los cielos para rendir homenaje a los que ya no volverán a la plaza de la Virgen Blanca. O sí, pues ya escribió Bram Stoker ‘Los muertos viajan deprisa’.
Es Santa Isabel lugar frondoso, vegetal, atrapado por la hiedra y las enredaderas, invadido por el olor a boj y a madroño. Está habitado no sólo por quienes duermen el sueño eterno sino por mil pájaros que se refugian en sus árboles, por caracoles que salen en procesión por la noche. Por sabios gatos que guardan secretos cien. Es hoy ya, jardín de paz.

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