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Recorrido por la ciudad de la moda, el abrumador duomo, los precios absurdos, el negroni y la Última Cena de Leonardo
29.10.10 -
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Viajes (Italia). Milán es bella y carísima
Es bella, es rica, es norteña, es italiana. La admiran, la envidian, la desean y sólo otra hermosa ciudad del norte de Italia puede plantarle cara: Turín. Más tranquila, más serena, más ‘tapada’ pero igual de poderosa. El Turín de los Agnelli, de los obreros siempre airados, de la Juve. La Vecchia Signora, de equipamiento blanquinegro, siempre contra los nerazzuri del Inter de Milán o los rossoneros del Milán que comprase Berlusconi. Dos equipos de fútbol en la ciudad de Leonardo, los Visconti, los Sforza y Rocco y sus hermanos. Dos aficiones y un solo patrón: San Ambrosio, que en el 386 fundó la Basílica, hoy de aspecto absolutamente lombardo.
No, ‘La Última Cena’ de Da Vinci no está allá sino en la pared del refectorio del antiguo convento lindante con la iglesia de Santa María de las Gracias pero es a San Ambrosio, uno de los cuatro grandes Doctores de la Iglesia, a quien festejaremos el 7 de diciembre, fecha en la que hace tantísimos siglos fue nombrado arzobispo de la ciudad que los celtas llamaron Médelhan y los romanos Mediolanum, es decir: ‘en medio del llano’ a los pies de los Alpes.
Dos días antes, alrededor de la basílica del santo comienza, año tras año, el Festival de Sant’Ambrogio. En la explanada de la iglesia se plantan tenderetes de artesanía y gastronomía. Es la feria llamada ‘O bei, o bei’. En ella se toman castañas asadas y vino caliente. Allí se espera que al atardecer comience la temporada en el Teatro Alla Scala, inaugurado en 1778 con la ópera ‘L’Europa riconosciuta’ de Salieri.
Cada 7 de diciembre, el mayor espectáculo del mundo sucede en la Piazza Della Scala. Los estudiantes y proletarios que van a gallito lanzan sus proclamas contra la aristocracia del patio de butacas y todo brilla: los puños cerrados y los diamantes. Este año son Wagner, Barenboim y ‘Las walkirias’ quienes, a las cinco de la tarde, abren la temporada de la Scala.
Lástima, demasiado pronto para el aperitivo. El aperitivo, en Milán, no se toma al mediodía sino hacia las seis de la tarde. El vermouth, el campari, el negroni suelen acompañarse de aceitunas o patatas fritas pero cada vez hay más y más alta cocina en miniatura en torno a los combinados: ensaladas, risottos, pasta… Basta darse una vuelta por el Magenta (Carducci 13), el Verdi (en la calle del mismo nombre), el Radetzky del paseo de Garibaldi o el Caffè de la Pusteria, en el 54 de la calle de Amicis para comprobarlo.
Corazón de la fe y el bolsillo
Es bella, bellísima. Rica, riquísima y siempre está de moda. El centro neurálgico presidido por el Duomo (la catedral, del latín ‘casa de Dios) se extiende por las Galerías Vittorio Emmanuelle II, un adelanto decimonónico de los actuales y deshumanizados centros comerciales, atraviesa Montenapoleone, la Sant’Andrea, Manzini, Santo Spirito o Via Spiga. Allí está la pasarela más grande de la Vía Láctea. De Versace a Zara, de Moschino a Custo, Miss Sixty, Prada o Max Mara. De Ferrari (Monza está tan cerca…) a Footlooker en Via Torino.
Bellísima y carisima, a Milán se va a ver el arte futurista y a montar en los tranvías (maravillosa la línea 19) en funcionamiento desde 1928. A visitar el Cementerio Monumental, tan hermoso e imponente, y a contemplar el rascacielos Pirelli, construido en 1959. Pero uno acaba sucumbiendo al feliz consumismo. Curiosamente, hay tours de seis horas organizados para gastárselo todo en divinos outlets que aseguran un 70% de descuento. Milán: carísima, bellísima.
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