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PLANES dinosaurios

Una pareja de Getxo ha fabricado el sueño de su hijo: un parque temático con 16 gigantes prehistóricos a tamaño real. Les invitan a verlo
05.10.09 -
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Parque Dinosaurio (Santillana del Mar). Dinosaurios de verdad
Óscar, Yolanda y Juanma con el pequeño Aitor. / Fernando Gómez
Por los hijos, cualquier cosa. Se suda la gota gorda para hacer realidad sus sueños, se rascan los bolsillos hasta el fondo y se llega hasta los confines del mundo conocido... ¿Exageración? Qué va. Vean, vean el caso de Juanma Sopeña y Yolanda Méndez, un matrimonio de Getxo que ha perdido la cabeza por el pequeño Aitor, de 7 años. El niño quería un parque temático con dinosaurios y ellos se lo han montado, en menos de un año y con su propio dinero. El capricho les ha salido un pastón, pero ahora pueden fardar de tener la muestra más completa y realista de toda Europa. Son 16 piezas a tamaño natural, diseminadas por los alrededores del palacio Peredo, a unos tres kilómetros de Santillana del Mar.
La exhibición es de esos viajes en el tiempo que dejan una huella profunda... Como las de estos lagartos gigantes, que podían superar los 15 metros de altura y las 50 toneladas. Están avisados.
Una compañía aragonesa –especializada en decorados para platós de televisión y películas– se ha encargado de hacer realidad el sueño del chavalín. Sin más referencia que Internet, los padres de Aitor localizaron esta firma, sacaron cuentas y se liaron la manta a la cabeza. «¡Es una santa locura!», confiesan con una sonrisa de oreja a oreja y cara de estar en el séptimo cielo.
Antes de embarcarse en esta aventura y fundar una empresa para gestionar los beneficios de lo que en principio sólo era una quimera, se dedicaban a la hostelería y la promoción inmobiliaria; una actividad muy rentable cuando se conoce el terreno. Les iba estupendamente, pero ellos querían explorar otros mundos. Así que dieron el salto al pasado y se plantaron en la Prehistoria, «un terreno tan desconocido y tan-tan apasionante». Nada, que se les disparó la vena artística: Yolanda pinta en sus ratos libres y a Juanma le encantan los bonsais, todo muy tranquilo hasta que se les cruzó en el camino un Tyrannosaurus Rex y el resto de la tropa... «Somos unos quijotes del copón, ¡hay que vivir de ilusiones!». Y como no hay dos sin tres, el hermano de Yolanda, Óscar, no tardó en subirse al carro y arrimar el hombro. Igual que ellos, tiene madera para soñar despierto. «¡A mí lo que me gusta es la música!», reconoce entusiasmado.
Duplicar el número
Al principio, no diferenciaban un Brachiosaurus (el de cuello largo, de 50 toneladas y cabeza pequeña) de un Velociraptor (con ‘sólo’ dos metros de largo, patas potentes y pinta de correr mucho). El único experto era Aitor, un chaval que a los nueve meses dormía con un dinosaurio de peluche y con apenas tres años ya soltaba de corrido unos cuantos latinajos acabados en ‘saurus’. «Le tuvimos que frenar, estaba loco con el tema y llegó a preocuparnos. Era insaciable, lo quería saber todo», recuerda Juanma con orgullo.
Eso sí, no se privaron de llevarlo a El Carpín, en Carranza, ni a Soria, ni a Teruel para que se recreara al aire libre con las figuras de sus bichos favoritos. En balde: la imaginación del niño ya estaba desatada. O le ponían delante un parque jurásico-cretácico «como Dios manda» o seguiría frustrado el resto de sus días... Sus padres tomaron buena nota: «Nos dijo que le apetecía un jardín donde hubiera dinosaurios por aquí y por allá, desperdigados y entre la vegetación. Todo muy natural. No quería monigotes feos y mal hechos».
El perfeccionismo de Aitor sentaba cátedra, aunque fuera un renacuajillo que apenas sabía deletrear ‘paleontólogo’. «Una vez que se puso esta historia en marcha, lo llevamos a Huesca, a la sede de la empresa que estaba construyendo los bicharracos, para que viera cómo iba saliendo la cosa. Y le vimos contento pero, ¡ojo!, hizo una observación superimportante. ¿Por qué habían diseñado a todos con las fauces abiertas?». Dicho y hecho. Los operarios se pusieron manos a la obra y empezaron a cerrar bocas.
Ahora la familia Sopeña está como un niño con zapatos nuevos. Con ganas de duplicar el número de figuras y hallar un emplazamiento definitivo en el País Vasco para las futuras 32 piezas. Los animalotes se merecen un descanso: han pasado de Huesca a Gallarta, donde se encontraban almacenados en un pabellón, y ahora se exhiben en Santillana del Mar, con la hierba cántabra creciendo poquito a poco bajo sus patas. Allí permanecerán un año. ¿Y luego? Quién sabe. De momento, no pierdan la oportunidad de verlos estos días, que hará bueno y lucirán en todo su esplendor prehistórico. Estarán de miedo.
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